El extrano diferendo entre los presidentes de México y Venezuela ha llegado ya al retiro de los respectivos embajadores y está en riesgo de plantear el siguiente paso, que es el rompimiento de las relaciones diplomáticas. Es inconcebible que la rispidez verbal y la llana grosería, excluidas del trato respetuoso entre dirigentes modernos, se hayan impuesto en esta desavenencia, sobredimensionándola y ubicándose en los límites de la diplomacia. Ocurre porque no se tiene la práctica diplomática deseable ni la contextura intelectual que otorgan la capacidad de estadistas, presumible en todo Presidente de la República.
Si el temperamento tropical del presidente Hugo Chávez insufla desplantes y alardes que pueden agradar a la multitud, es preciso, por la otra parte, eludir la provocación y atender los hechos con dignidad y madurez, con serenidad y firmeza. Ni México ni Venezuela tenían antes de la Cumbre de Mar del Plata disputas ni diferencias de fondo. El lamentable incidente en que ahora están envueltos los dos mandatarios es, en su expresión externa, un asunto de formas, de malas maneras, inaceptables pero que es necesario resolver con urgencia para evitar que ocasione danos mayores. Tampoco entre los pueblos mexicano y venezolano hay resentimientos ni animadversiones, sino por el contrario, cuando mucho, México y Venezuela han tenido pasajeras rivalidades por la preeminencia diplomática y política en el continente, sin consecuencias mayores.
Los calificativos derogatorios, las expresiones infamantes, ofenden a muchas personas y disminuyen la estatura de quienes los profieren. No sirven para conciliar puntos de vista opuestos en las conferencias internacionales ni enaltecen ninguna obra de gobierno ni a ningún personaje. Sus efectos se agotan en el momento en que se expresan y si algo queda es un ambiente enrarecido por los tóxicos, totalmente inadecuado para alguna tarea positiva. Puede cancelarse el pernicioso efecto con buena voluntad de ambas partes. Por encima de esos desafortunados intercambios de denostaciones, debe estar el interés de todos los países de América Latina, para encontrar cauces de unidad, de fortaleza en conjunto y de suspensión de diferencias. Esto, que para algunos suena utópico, puede ser la aspiración que disene el camino del entendimiento y la cooperación entre nuestras naciones. Ayer, los embajadores Enrique Loaeza Tovar, de México en Caracas, y Vladimir Villegas, de Venezuela en México, fueron instruidos para regresar a sus lugares de origen, hacia el país que representan. Posiblemente reanuden su misión, dependiendo de la historia diplomática que han dejado atrás y de la rapidez con que sus jefes de Estado recapaciten en la gravedad de la situación en que están inmiscuidos y resuelvan si en verdad, como en algunos asombrosos episodios de la historia mundial, un incidente personal puede lastimar la sana relación entre naciones.
Es inadmisible que el Presidente de México sea calificado de forma grosera por quien ha hecho de este tipo de incidentes diplomáticos una larga historia personal, sobre todo cuando el mandatario mexicano demostró fiermeza al oponerse a la guerra de intervención en Irak, o como cuando votó a favor de la Corte Penal Internacional, que irrita tanto a los estadounidenses; a menos que este tipo de diferendos tenga un uso político para la preeminencia y el monopolio en la región, lo que resulta una contradicción con el espíritu bolivariano que se anarbola de forma reiterada pero que, en el fondo, pudiera encerrar otros intereses. (El Universal).











