Chichén Itzá: sigue la regulación

Las ruinas de la cultura maya han sido convertidas por la mercadotecnia del siglo XXI en una de las siete maravillas de nuestro mundo. Mas allá de la controversia alrededor del concurso, el hecho debe inspirar una planeación integral y ordenada de la industria turística mexicana. Chichén Itzá, ciudad maya sagrada, con su emblemática pirámide de Kukulcán fue elegida en un ejercicio democrático único, sin fronteras, por convocatoria del suizo Bernard Weber, piloto, políglota, cineasta, fotógrafo y, sobre todo, visionario. Invirtió menos de mil dólares en la primera página en internet de las siete maravillas y la campana generó sus propios fondos. Fue un acto de mercadotecnia, es claro, mediático y sin base científica, como senaló la UNESCO.

Nos cayó del cielo, tan urgidos como estamos por atraer cada ano a más turistas. En 2006 nos visitaron 22 millones, con un gasto promedio diario por persona de 560 dólares, pero la mayoría vino en esquemas de Todo Pagado por lo que, si bien soportaron una importante base de empleos, la mayor parte de las ganancias quedó fuera del país. Vamos por los que traen un presupuesto de mil 200 dólares por día, que significa dinero para gastar en México.

En la clasificación mundial de turismo ocupamos el octavo lugar por número de visitantes, pero por el gasto per cápita no estamos entre los primeros 15, y por ingresos totales estamos en el sitio 16.

Son indicadores a revertir. El turismo importa por el conocimiento entre los pueblos, la comprensión y la simpatía. Pero los resultados deben reflejarse en ingresos que beneficien cada vez más al país en su conjunto.

El presidente Felipe Calderón, quien felicitó a los mexicanos, y su secretario de Turismo, Rodolfo Elizondo, deben aprovechar la oportunidad para ordenar la rentable actividad turística.

Hacerlo exitosamente requiere tomar el control y moderar los apetitos empresariales para evitar que los frutos de las cuantiosas inversiones en infraestructura y promoción que se requieren generen ganancias que no se queden solamente en pequenos grupos, sino que repercutan en el desarrollo nacional y el bienestar general.

Allí mismo, en la comarca maya, se debate ahora un nuevo trazo municipal que no debe cumplirse a modo de servir intereses privados, sino con la voluntad de reorganizar a la población y el sentido urbano con justicia y visión. Más allá de la polémica suscitada por el singular concurso -que contó con la asesoría de un comité de reconocidos expertos- Chichén Itzá ingresó al grupo de las siete maravillas del mundo moderno en una competencia con originalmente 200 aspirantes. No fue poca cosa. Este legado de los mexicanos del pasado, convertido en providencial -regalo en tiempos en que las necesidades de los mexicanos del presente son mayores que los recursos- tiene que asumirse como un detonador para el desarrollo de la industria turística, que tiene que lidiar con la maciza competencia del resto del mundo y con la mala fama que allegan a nuestra patria las violencias del crimen organizado o del político, como lamentablemente le sucedió a otro polo turístico: Oaxaca. Nuestro voto es, no por Chichén Itzá, que siempre fue una maravilla, sino por la correspondiente reacción positiva de las autoridades para que aprovechen esta oportunidad que les cayó del cielo en el momento en que más la necesitaban. A la suerte hay que trabajarla. (El Universal)