Chihuahua

Chihuahua padece una ola de violencia sin precedentes. Nada así se vio desde que Pancho Villa se levantó en armas. Más de mil muertos en lo que va del ano, más de media centena de secuestros, atracos a plena luz, los ciudadanos escondiéndose en sus casas y las autoridades estatales paralizadas por el miedo y la incompetencia.

Los muertos suman casi la cuarta parte del total nacional en 2008. El clima de inseguridad ha llegado a una sicosis colectiva nunca vista. Esa entidad de la República siente haber sido abandonada a su suerte a manos de la delincuencia organizada.

La determinación con que el gobierno del presidente Felipe Calderón ataca a los cárteles de la droga ha producido el efecto de una retrocarga. La respuesta de las bandas delincuenciales golpea a los sectores más vulnerables que son los civiles desarmados. No sabemos si el gobierno previó las dimensiones del impacto que tendría su decisión o si la tomó con independencia de los danos colaterales que pudiera ocasionar.

Sin embargo, es indispensable hacerse cargo de que se ha llegado al límite de la complicidad, de la complacencia y también de la tolerancia. Lo que hoy ocurre y lo que pase a continuación es responsabilidad conjunta de Estado y sociedad, pero ante todo de los gobiernos.

También debe encontrarse la forma en que se pueda actuar coordinadamente para organizar la defensa de la sociedad y el fortalecimiento del Estado. No es justificable sentarse a mirar indiferentemente cómo la presión recae en las Fuerzas Armadas y el fuego sobre la sociedad civil mientras otras autoridades competentes evidencian negligencia, incompetencia e irresponsabilidad.

Es inconsistente estar sacando por la ventana la mugre que se vuelve a meter por la puerta. Desde los poderes de la Unión no se puede pensar solamente en una reforma policiaca y judicial. Es indispensable que se revise a fondo el arcaísmo en el que ha caído el sistema federal que, en esencia, no ha cambiado para mejorar la capacidad de gobernar a favor de la ciudadanía, sino para mantener privilegios, cotos exclusivos de gobernadores-virreyes y otras plagas.

La seguridad de la sociedad y de la nación reclama atender con claridad y energía el anacrónico federalismo que ha dejado el municipio en condiciones tan débiles que se ha vuelto tierra de nadie para los delincuentes, que hace de los estados federados consentidos del presupuesto a sabiendas de que son presa de coaliciones cleptocráticas y que al gobierno federal se le mantenga en su calidad de viejo mamut, grande pero torpe, pesado pero ineficiente y con una osteoporosis que lo hace sensible a quebrarse a cada movimiento.

Lo amerita Chihuahua, lo merece la sociedad de todas las entidades federativas y se lo debe a sí mismo el Estado mexicano, antes de que el crimen organizado tenga la posibilidad de hincarle la puntilla en la cerviz. [email protected] * Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM