Alejandro González Inárritu, Guillermo del Toro, Guillermo Arriaga, Gael García Bernal, Diego Luna, Bertha Navarro, Salma Hayek y Brigitte Broch, entre otros, son personajes ligados a la industria cinematográfica, que representan apenas la punta del iceberg creativo mexicano, ese que, con dinero y visión de largo plazo podría ser precursor de una industria del entretenimiento nacional con proyección global.
Todos los mencionados representarán a nuestro país en los principales festivales cinematográficos en puerta: el próximo lunes entregan los Globos de Oro en Hollywood; el jueves comienza el de Sundance, en Salt Lake City; en febrero viene la Berlinale; casi simultáneamente se otorgan los Baft, en Londres; y la cereza en el pastel son los Oscares el 25 de ese mismo mes. Babel y El Laberinto del Fauno son las cintas de realizadores mexicanos con más posibilidades de triunfo.
Del natural orgullo que dicha presencia debe causarnos, tenemos que pasar al pleno reconocimiento de que este cine está hecho con talento mexicano, pero con financiamiento externo. Las ganancias a nivel industria, por lo tanto, no retornan a México, más allá de los sueldos de quienes prestan sus servicios a las grandes productoras.
Esto no es asunto menor, si se toma en consideración que la industria del entretenimiento es un sector al alza en el mundo y que en la economía global ronda 6.7% del PIB nacional.
De ahí que haya que celebrar la entrada en vigor del nuevo artículo 226 de la Ley del Impuesto Sobre la Renta, que otorga un estímulo fiscal de hasta 10% a los productores y realizadores de películas. Cineastas y expertos en industria del entretenimiento consideran que este solo estímulo fiscal permitirá que en México se hagan 60 películas al ano y se generen alrededor de 30 mil empleos directos e indirectos, con lo cual se superaría la recaudación inicialmente cedida. No es algo para desestimarse.
Faltaría, además, redondear esos apoyos luchando por una efectiva redistribución del ingreso en taquilla y mejores condiciones de distribución y exhibición para las películas mexicanas en salas del país. Actualmente, por cada peso en taquilla sólo 18 centavos van para el productor -el que arriesga su capital en las cintas, mientras que 50 centavos son para el exhibidor y el resto para el distribuidor. Estas son batallas que hay que dar en los meses por venir.
Por supuesto, más películas no son garantía de mejor cine, pero sí de mayores probabilidades simplemente por lógica matemática, condiciones para que el verdadero talento artístico se exprese.
Que se haya puesto en el firmamento mundial a México como un país de actores, guionistas y directores de calidad es sólo el inicio de un círculo virtuoso. También ha de ser la oportunidad para incentivar vocaciones pues, hasta hace poco, aspirar a ser cineasta no era opción de carrera para muchos jóvenes.
Esta tarde de sábado o manana domingo, cuando vaya a las salas de cine, recuerde que no sólo está viendo una máquina de suenos, sino una de las industrias con más potencial para rescatar nuestra creatividad y nuestros empleos. (El Universal)











