Resguardado por la soledad y el descuido que alberga al parque Tuchtlán, Ciro Alvarado Rodríguez cuenta a Cuarto Poder que a pesar de ser un nómada en pleno siglo XXI, la condición no le resulta tan lastimosa cuando a diario prefiere las calles y semáforos de la capital, donde ofrece sus productos para poder vivir: “joven, caballero, buenos días, qué le parece, vivo de artesanías y dulces, desea algo”.
Entre una mochila negra; Ciro busca su única identificación oficial, una CURP, Alvarado Rodríguez dice que nació en el año de 1959, en Cacahoatán, Chiapas.
A la vez, recuerda que tiene nueve hermanos, de los cuales él es cuarto. Menciona también que tuvo hijos y una esposa, sin embargo opta por reservarse el tema solo para él y las noches de consternación.
Decide regresar a los años de gloria, esos donde tenía 19 años y emprendía el viaje hacia la ciudad de Tijuana, lugar donde vivió más de dos décadas y trabajó en la penitenciaría de La Mesa, ese quizá el trabajo que más orgulloso lo hizo sentir.
Donde la música de Lola la grande, Flor Silvestre, Vicente Fernández y Antonio Aguilar, combinaba a la perfección con sus zapatos 7 Leguas, pantalón topeka, anillos de oro y plata, pero todo eso quedó atrás junto con la juventud, apuntó.
Un recorte de personal terminó con los sueños de Ciro, y sin dinero ahorrado decidió regresar a Chiapas, quedarse en la capital y buscar trabajo, pero con 41 años de edad nadie hizo caso a sus solicitudes de empleo, y entre la pobreza y el olvido de sus familiares, la indigencia se volvió su única “amiga”.
“Si nací en el 59, échale pluma tengo 57 años, hace 10 empecé a dedicarme hacer artesanías con aluminio, el oficio lo observé por primera vez en Tijuana, hoy me da para vivir lo suficiente, mínimo para comer hasta tres veces al día”, comenta mientras empieza a construir una moto con productos reciclados, misma que dice venderá en 300 pesos, no más barata porque la Kola Loka cuesta caro.
En cuanto a sus necesidades fisiologícas explicó tener prácticas poco convencionales pero regidas por la razón. Busca el cobijo de la noche para hacer sus necesidades fisiológicas. Es prudente, escudriña entre las sombras, donde la Policía nunca imaginaría que alguien podría llegar. A esos sitios acude.
Sabe que de ser descubierto la Policía le arrebatará su dinero, pertenencias y libertad, no obstante tiene listo, además de un par de piernas ágiles, un discurso justificante: “los políticos hacen lo mismo por las mañanas y sin el reguardo de lo prohibido”.
Por otra parte, el hecho de ser un trashumante obliga al mismo a cargar consigo un peso de cinco kilos aproximadamente, sin embargo la carga no es pesada cuando piensa en todas las orfebrerías que puede hacer.
Habilidades
“Hago helicópteros, flores, motos y carritos de carrera, la gente me dice ‘¡que bonito!’ ‘¿usted lo hizo?’ y les digo si”, me contestan que no los compran porque como son productos de aluminio tienen filo y los chamacos son tocones”, relata mientras camina entre los carros parados por el semáforo.
El semáforo se pone en verde y cuenta que los sitios que más disfruta visitar son los parques o si el bolsillo se lo permite viajar a San Cristóbal, a donde también llega a vender sus productos, por los cuales muchas veces ha sido felicitado.
Finalmente, opinó que los vicios como la marihuana, la cocaína y demás son pasatiempos absurdos que la gente ha adquirido, a lo que él en vez de matarse con “porros” y “líneas”, prefiere hacerlo con comida, especialmente con platillos chinos, pollo rostizado o sopa Nissin de perdida.
“A mi me gustaría morir en la palabra de Dios, sé que de la noche a la mañana me puede pasar algo, la vida no la tenemos comprada, cualquier rato puede paralizarse mi corazón, por lo que solo me queda vivir la vida”.












