Cómo crear un secuestrador

En cada región de México la criminalidad tiene sus variantes; delincuentes con perfiles acordes a sus circunstancias. Sicarios, secuestradores, asaltantes, extorsionadores, quienes pueden ser explicados según factores como su grado de escolaridad, expectativas laborales y niveles de pobreza. Es indispensable considerar estas variables en las políticas públicas si es que alguna vez el país espera disminuir la inseguridad.

Sinaloa, por ejemplo, es una zona prolífica como ninguna otra en la generación de capos del narcotráfico. Ciudad Juárez, en tanto, ha probado ser generadora de pandilleros que posteriormente devienen en sicarios. Otras ciudades como Cancún se han convertido en prolíficas zonas de tráfico de personas y explotación laboral. En el mismo orden de ideas, la ciudad de México parece el mejor caldo de cultivo para los secuestradores.

En un estudio del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública de la Cámara de Diputados, se descubrió que siete de cada diez secuestradores de todo el país provienen del Distrito Federal. El perfil psicológico más usual del secuestrador es el de un hombre de 31 años en promedio, con tres hijos, de oficio choferes o comerciantes y que tardan, a partir de su primer robo, un año y medio antes de cometer un secuestro.

¿Qué sucede en el entorno y en la mente de un sujeto años antes de llegar al punto de deshumanizar a sus víctimas? La transformación de un secuestrador no suele suceder de la noche a la mañana, ni es producto de una repentina ocurrencia. Algo puede hacerse, por lo tanto, para prevenir su surgimiento.

Los jóvenes de las zonas urbanas más marginadas, en Iztapalapa o Gustavo A. Madero, por ejemplo, suelen agruparse en pandillas. La concentración poblacional les permite anonimato cuando pasan de la piratería al contrabando y el robo. Eventualmente terminan en la delincuencia organizada porque no saben hacer otra cosa. El proceso se acelera cuando pisan la cárcel, porque en el interior del sistema penitenciario mexicano no hay otra alternativa más que volverse violento y perfeccionar las habilidades criminales.

A mayor anulación de las expectativas personales, mayor posibilidad de que los jóvenes capitalinos caigan en la espiral que los conduce al negocio del secuestro. Es su forma de obtener ingresos, pero también su mecanismo de defensa ante su inseguridad personal, falta de sentido de pertenencia y de dignidad.

¿Pena de muerte a secuestradores? Eso regocijará a algunos, pero no impedirá que sigan surgiendo más de entre las ruidosas vecindades capitalinas. (El Universal)