En la frontera sur de México, en el municipio de Tuxtla Chico, la fiesta de Santa María de Candelaria no solo es una tradición religiosa y cultural, es algo más: es parte de la memoria colectiva del pueblo que concibe la identidad, la feria, los preparativos y finalmente las alfombras que convierten a este rincón de la patria en un mosaico multicolor que convierten el festejo en uno de los más importantes y representativos de Chiapas.
El misticismo y la fe de los feligreses se refleja plenamente en aquel poema que refiere en una parte: “Hay fiesta en mi pueblo; las campanas lo dicen riendo, lo gritan ufanas con su vario son”. Este 2 de febrero los católicos celebran la presentación en el templo del niño Jesús en sus 40 días, que tiene en Tuxtla Chico una especial celebración con los conocidos tapetes florales en las calles, tradición con casi seis décadas.
Hay una serie de eventos mágicos previos a la magna celebración, una de ellas reunir a las tres vírgenes que fueron encontradas en las costas de Chiapas luego de naufragar una barcaza en la que eran transportadas desde Europa.
La fiesta religiosa y la tradicional feria dan lugar a eventos culturales; en particular algunos que llaman la atención y que persisten y son el orgullo de familias locales que se preparan para realizar las alfombras o tapetes multicolores con los que se adornan las calles por donde peregrinará la Santísima Virgen María de Candelaria y el trono donde es paseada la imagen y que año con año tiene un motivo diferente.
Se adornan las fachadas de las casas para la gran fiesta, para el paseo de la virgen después de la misa, evento que se prolonga por las principales calles y que dura casi siete horas; es día de fiesta, de ambiente, de unidad solidaria y convivencia; se trabaja con flores, corozo, aserrín pintado, cascabillo para hacer hermosos pasajes bíblicos o imágenes que dan vida a la fe y que vislumbran a propios y extraños para ser espectadores de la creatividad, como ocurre desde hace casi cuatro décadas.












