Hubo que pedirle permiso al señor o la señora de las grutas para obtener el consentimiento. Unas horas antes del concierto, ocurrieron sucesos inexplicables. Los seres sensibles son tocados por ese algo que recorre sus cuerpos, de pies a cabeza. Que hace que se estremezcan. Una ofrenda sencilla, una cruz elaborada con juncia, flores silvestres, veladoras y una petición con toda la pasión que la música concede para, con la indulgencia del dueño o dueña de la gruta, se produjera el acontecimiento.
El concierto Tributo a los Templos del Tiempo, promocionado como “el evento musical del año”, se realizó en el palacio de las estalactitas en las grutas de Rancho Nuevo en San Cristóbal de Las Casas, el domingo 2 de abril, fue un homenaje a la tierra y su grandeza. Reunió a talentosos músicos y cantantes que se brindaron para una celebración por la vida, en una catedral del sonido.
Ahí donde el tiempo labró un templo. Un espacio donde las horas y los días se nutrieron de la concreción calcárea. Ahí en ese mundo vibrante de la acústica donde la humedad se posesiona de los cuerpos. Ahí donde el silencio abraza la infinitud, el Coro Fraternidad encabezado por su director Sergio Farrera Gutiérrez; el ensamble integrado por diez talentosos músicos y una destacada soprano solista, Federico Álvarez del Toro brindó el sortilegio de su música en un programa que sorprendió a los espectadores invitados a la fiesta.
Recorrer el camino hasta donde se montó el escenario, fue el principio de un evento salido de lo común. De por sí las grutas de Rancho Nuevo tienen su atractivo con todas las formas de animales y objetos que los niños guías se encargan de colocar en la mente de los visitantes.
Una vereda con pasamanos, pequeñas rampas van encaminando al huésped hasta dar cuenta de la grandeza de la construcción en la profundidad de esa oquedad labrada por el tiempo. Se dice que cuando don Vicente Kramasky descubrió las grutas en 1947, era apenas un pequeño agujero que se abría al mundo y se perdía en las entrañas de la tierra.
Unos metros más al fondo, un escenario nunca visto en un recodo, con muchas más veladoras, dos niveles de escenario y un ajetreo inusitado con gente vestida de negro que acomoda sus instrumentos musicales, o busca su lugar en la formación coral. Otros hacen pruebas de sonido, minutos después la poetisa Margarita Aguilar Ruiz en funciones de maestra de ceremonias avisa la tercera llamada para iniciar el espectáculo.
Ahí en la profundidad de la cueva se anuncia la presencia del Grupo Fraternidad, el director se para frente al conjunto, vehemente afina y desde la sonoridad del enorme espacio se abre el programa con Domine non sum dignus (Siglo XVI) de Tomás Luis de Victoria, una plegaria para dejar entrar la divinidad. Encantamiento para elevar el espíritu. Luego Alta trinita Beata (Siglo XV) de autor anónimo, composición musical italiana del perteneciente al género polifónico que recuerda una alabanza. El coro concluye esta parte de su participación con una obra de Ludwing Van Beethoven, El honor de dios en la naturaleza (Die Gottes aus der natur) (siglo XIX) que resalta que los cielos claman la gloria eterna y cantan loas al creador. El escenario se había encendido de música.
El ambiente ya musicalizado abrió más el escenario y la maestra Gloria Marroquín interpretó Für Alina (1976) de Arvo Pärt para piano solo, una recreación sonora que permitió imaginar gotas de agua descendiendo desde la bóveda celeste. Después el contrabajista Gerardo Ventura mostró su talento al interpretar Parábola de Vicent Ludwing Persichetti para contrabajo solo. En seguida, acompañado de Gabriela Zepeda Hernández en el violín y Yelisa Madai León Martínez en el violonchelo interpretaron Caldo de piedras y El principio, de su propia inspiración. El trío cerró su actuación con La Sandunga, himno de la región istmeña de nuestro país y que el público identificó de inmediato.
A estas alturas del programa ya se esperaba algo más: la inquietud por satisfacer la estancia se vio colmada cuando se anunció la obra Templos del tiempo de Federico Álvarez del Toro para soprano y ensamble, Leticia Zepeda como solista, Rie Watanabe como primer violín, los ya mencionados Marroquín en el piano, Ventura, Zepeda y León en las cuerdas, Mariú Palacios flauta, Jesús Adrián Romero en la trompeta, Virginia García en el corno, Miguel Palacios en el trombón e Hilario Cigarroa en las percusiones, la alabanza hizo apología del lugar que siguió vibrando con mayor intensidad. Fue el epicentro de lo que vendría después con la presentación de Heliósis un sismo que tocó a los oyentes.
Heliósis fue el éxtasis solar, como si el astro rey se brindará al interior de la madre tierra. Una obra donde las percusiones, el pícolo el más pequeño y agudo miembro de los oboes en funciones de flauta transversa, el órgano vibrando de solemnidad y las voces del coro cantando nambarimbó en lengua chiapaneca más los solos de todos los instrumentos y la armonía en su conjugación, que enlazan un trayecto que va creciendo con los segundos, desde la solemnidad de la meditación inicial, la algarabía de la danza y el cierre grandioso, espectacular con las percusiones en su magnitud excelsa.
El dueño o dueña de la cueva otorgó el permiso y El tributo a los Templos del Tiempo, en la catedral barroca del sonido creado por la naturaleza, ha dejado un silencio de armonía para la próxima vez que visite las grutas de Rancho Nuevo. Entonces estarán Brenda (10 años) y Paulina (11 años), dos de las pequeñas guías de turistas, dispuestas a mostrarle todas las formas geométricas de objetos y animales que se enclaustran en los signos calcáreos que labró la madre tierra. Información: Mario Tassías Aquino y fotografías: Rene Araujo












