Condena sin pruebas

"El presidente colombiano, Álvaro Uribe, calificó de ""terroristas"" a los mexicanos muertos o presentes la noche del primero de marzo de este ano en un campamento de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en Ecuador.

Y aunque nadie puede negar ni el valor personal del mandatario colombiano ni sus altos índices de popularidad interna, que lo respaldan en sus tratos con el exterior, su forma de expresarse no es correcta.

No es correcta porque a pesar de todos los pesares y todas las coincidencias, los mexicanos que estaban en el campamento guerrillero en Ecuador no habían cometido otro delito que estar vinculados por simpatía ideológica con la guerrilla.

En la jurisprudencia mundial, en el muy respetable sistema judicial colombiano y hasta en el muy deteriorado sistema judicial mexicano, el acusado es inocente hasta que se prueba lo contrario.

Que si sabían o no de las ligas de las FARC con el narcotráfico, que si estaban o no para entrenarse, que si iban con una ingenuidad difícil de creer, está por verse y por probarse. Por eso, senor presidente Uribe, sus declaraciones son desafortunadas y hasta fuera de lugar.

Por un lado, la opinión pública mexicana está muy dividida. Hay muchos que no creen en la inocencia de los estudiantes presentes en el campamento ni en que el gobierno ecuatoriano haya estado tan ignorante como dice de la existencia del sitio, que a juzgar por toda la información era casi un establecimiento permanente.

Pero pocos, si acaso, ni aun los más fuertes adversarios y críticos de las FARC o los estudiantes en México, creen que el gobierno de Colombia tenía el derecho de violar la soberanía ecuatoriana para lanzar el ataque.

Muchos en México no están al corriente de la profundidad de las heridas que más de medio siglo de guerra civil han dejado en Colombia, ni de la dureza de los sentimientos despertados por crímenes cometidos bajo el disfraz de lucha política.

Pero si la ignorancia no es excusa, senor presidente Uribe, usted llegó al poder en Colombia con la promesa de hacer cumplir la ley en todo el territorio de su país y eso incluye también respetar el derecho internacional.

Y si bien es cierto que la inmensa mayoría de los mexicanos no saben que su padre fue asesinado por las FARC, tampoco están completamente ajenos a las acusaciones en su contra sobre vínculos con grupos paramilitares y procederes que en principio parecen antidemocráticos, como sería la modificación constitucional para permitir su reelección.

Todo eso, sin embargo, queda en manos de la historia y la capacidad del pueblo colombiano, que hoy por hoy parece respaldarlo de forma abrumadora.

Pero otra vez, el mismo derecho internacional que establece el respeto a las soberanías nacionales, algo tan caro para los latinoamericanos, establece la necesidad de probar la culpabilidad de acusados.

Y tan ingenuos o malintencionados como hayan sido, los mexicanos presentes en el famoso campamento no habían de hecho actuado contra su gobierno más que en un sentido político, tan ingenuamente como se quiera, pero con sincero afecto a Colombia.

De cualquier manera, senor presidente, sea bienvenido a México, un país que quiere al suyo. (El Universal)

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