Confianza e inversiones en México

Ayer se recibieron mensajes encontrados de la comunidad financiera estadounidense respecto del desenvolvimiento de la economía mexicana. Por una parte, el Índice de Confianza sobre la Inversión Extranjera Directa, elaborado por la consultora AT Kearney, con base en un sondeo de percepciones de empresarios de Estados Unidos, muestra que nuestro país ha perdido atractivo para los inversionistas, al grado de que el ano pasado estábamos en tercer lugar de su preferencia como destino para invertir capitales, y este ano ocupamos el lugar número nueve.

Por otra parte, la calificadora Fitch -para muchos, la segunda más importante en el mundo- generó un reporte en el que elogia la estabilidad financiera de México, por contar con una de las macroeconomías más sanas del mundo y mantener bajo control las principales variables del país. Más aún, la entidad financiera consideró que pese a que 2006 será un ano político, la economía mexicana se encuentra tan sólida que no corre riesgo de caer en ningún tipo de inestabilidad.

Este tipo de reportes mixtos revelan la importancia que tiene para México reflexionar sobre el desenvolvimiento de su modelo económico que, por una parte, es inflexible en materia macroeconómica pero, por otra, parece estar fomentando una pérdida de competitividad en el sector industrial y de servicios, que nos hace cada vez menos atractivo para los capitales, que en el mundo globalizado de hoy pueden mover con mayor facilidad sus inversiones hacia mercados emergentes de gran agresividad financiera, tales como India o China, por ejemplo.

En otras palabras, el manejo responsable de la economía, del que se precia el gobierno federal, parece mantener al mismo tiempo en un preocupante letargo al sector productivo nacional y, lo que es peor, al crecimiento de la economía de las personas, en sus niveles de bienestar. La falta de dinamismo de la economía nacional ya se refleja en los mercados de inversión, lo que debe ser atendido de inmediato. Para AT Kearney, la clave de la mala percepción de los inversionistas es la falta de reformas estructurales en materia energética y laboral, principalmente, que hace atractivos a otros países en comparación con el nuestro. Sin embargo, habrá que preguntarse seriamente si las reformas lo son todo y si son suficientes, por sí solas, para que nuestro país sea confiable a los ojos de la comunidad empresarial internacional. De hecho en México hay un gran debate a nivel de partidos y en el Congreso de la Unión sobre la pertinencia de avanzar en dichas reformas estructurales, por los pros y contras que conllevan, dado que si bien serían plenamente del agrado de los mercados, podrían ser tremendamente injustas para un sector como el obrero, por ejemplo, que tendría que recortar satisfactores anejamente conquistados, en aras de ofrecer, por ejemplo, mano de obra barata a esa inversión extranjera.

La solución a este dilema ha de estar en manos de los mexicanos, independientemente de las presiones externas, pues sólo aquí se debe consensuar lo que al país conviene en materia económica, financiera y comercial, para ser competitivo en este mundo globalizado.

Es necesario, por otra parte, que el mercado interno se dinamice, lo que no se puede hacer con la rigidez actual del manejo de las variables económicas, que no dejan fluir recursos ni a las empresas ni a las personas para invertir y comprar, respectivamente. La estabilidad macroeconómica se ha convertido en un fin en sí mismo, y no en un medio para comenzar la recuperación de nuestro aparato productivo y del mercado.

Está visto que, en ningún caso, las soluciones pueden provenir de la sola aplicación de recetas mágicas ni de una ortodoxa visión del mundo. (El Universal).