"En el último mes, de manera insistente, chocante para algunos, el presidente Felipe Calderón se ha esforzado en refutar con sus discursos -desde los campos de Ajuchitlán, Querétaro, hasta las cumbres de Davos, Suiza- los pronósticos de la catástrofe que acompanan las palabras del gobernador del Banco de México, Guillermo Ortiz, del PRI, del PRD, de Andrés Manuel López Obrador, de los empresarios, de la sociedad y de medios de comunicación.
En apenas una semana hemos visto una lucha discursiva entre el mandatario mexicano y el grueso de los actores políticos y económicos por definir qué tan grave es la situación del país, así como el destino que le espera. Todo comenzó con el pronóstico del Banco de México de un decrecimiento de la economía de hasta 1.8% para este ano. La peor previsión de entre los analistas provocó la crítica de Calderón por las que llamó expectativas negativas ""sin fundamentos sólidos"".
Después, en el Foro Económico Mundial, dijo que la economía mexicana es una de las más fuertes y negó ante empresarios extranjeros que existiera paralelismo entre esta nación y Paquistán, como aseguró un informe estadounidense. La visión negativa en el exterior es, en esencia, de relaciones públicas, les aseguró. Bueno, ni siquiera quiso hablar de la derrota de la Selección Mexicana de Futbol ante la de Suecia.
Pero en el contexto de las precampanas electorales el esfuerzo por limar el ánimo negativo fácilmente puede confundirse con interés partidista. Más cuando hace tres días culpó al PRI, al PRD, al PT y a Convergencia de que no se puedan construir más refinerías en México, ya que los opositores rechazaron su propuesta de reforma energética.
Y es que la sombra del sexenio de Vicente Fox se posó de inmediato sobre el actual mandatario luego de que aquel declarara haber dejado a alguien más en su cargo con el fin de hacer proselitismo.
Además, el carácter que hizo a Calderón bautizarse a sí mismo en la campana presidencial como ""hijo desobediente"" podría explicar un ánimo de confrontación con fuerzas políticas ya entradas en la descalificación rumbo a los próximos comicios.
Pese a lo anterior, su discurso pronunciado ayer no puede ser más claro: una condena a los ""alarmismos"", a los ""extremos sin racionalidad"" y a los ""catastrofismos"". Es decir, busca conjurar el peligro de los malos augurios predicando él con el ejemplo: una buena cara ante la tormenta. Las posibles exageraciones en su discurso o la molestia que ha generado en los opositores serían, en ese sentido, resultado de la desesperación por no conseguir el objetivo.
Decir que a finales de este ano y ""desde luego en 2010"" comenzará una etapa de recuperación de la crisis económica es, por decir lo menos, demasiado optimista dado que ningún analista tiene tan buen pronóstico a estas alturas. Sin embargo, él no cobra como analista financiero, sino como jefe de Estado. Más que su discurso tendría que evaluarse la correspondencia de éste con las acciones y planes emprendidos.
Medidas más convincentes respaldarían sus palabras; los tres programas contracíclicos anunciados por el Presidente para afrontar la situación económica mundial no han convencido. Imposible también descartar la mezquindad de quienes quieren jalar agua para su molino mientras la necesidad de apostar por el futuro común es mucha.
Bien dice el gobernante que de tanto invocar la catástrofe ésta puede presentarse más profunda de lo que sería si la enfrentáramos con unidad. Asumir por anticipado una derrota es el camino más fácil para llegar a ella. Le asiste la razón, pero convencer implica que la estrategia de comunicación se acompane con decisiones que generen aliento y desarmen a interlocutores que suelen regodearse con la derrota del otro. (El Universal)
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