"z CÓMO se convence a los ciudadanos en una contienda electoral? La realidad existe más allá o más acá de nuestros sentidos. Pero la realidad sólo es conocida y apreciada mediante la percepción sensorial o cognitiva de los más diversos aspectos que de ella llegamos a tener. Hace mucho tiempo que la sicología y la sociología del conocimiento desbrozaron el camino para comprender el modo de comprender la realidad.
Las certezas sensoriales y cognitivas que llegamos a tener de los múltiples segmentos de la realidad suelen ser o demasiado fijas o fugaces. Algunas se nos escurren con extraordinaria velocidad; ya sea porque la realidad física ha cambiado, porque cambian los cristales para mirarla, o bien porque ocurren mudanzas en las percepciones predominantes sobre la realidad, que cotidianamente nos influyen.
La política, los políticos y toda la gama de acciones y comportamientos son parte de esa realidad compleja y maleable que nos concierne y nos abruma. Pero la realidad no existe de manera independiente a los seres humanos. Cada uno con sus atributos y limitaciones se aproxima y aleja de ella. Lo hacemos con las cargas culturales, ideológicas, sociales y sicológicas que transportamos.
Esta disquisición previa es necesaria para entender el poderoso carácter simbólico de la realidad social, pero en especial de la política y de su praxis.
La búsqueda o preservación del poder, el dominio sobre los otros, la obsesión por el cargo público o la simple y llana necesidad de ganar adeptos y votos electorales, pueden ser posibles a partir de las más diversas y eficaces formas de acción política simbólica.
Los partidos y los candidatos necesitan producir símbolos, iconos, mensajes, interpretaciones diversas, lenguaje corporal, proyecciones de futuro, escenarios posibles y, sobre todo, necesitan alimentar el imaginario social e individual de expectativas y proyectos portadores de futuro.
Aquellos partidos y candidatos que no sean capaces de entender y capitalizar la orientación simbólica de la política, por muy interesante y razonable que sea su programa político, serán derrotados y perderán relevancia gradualmente en la escena pública.
No es el dinero puro y duro el que allana el camino del éxito electoral. Es la combinación sutil de factores y recursos lo que coloca a un candidato como el portador de un proyecto y de una opción de gobierno. Si la política no tuviera este sesgo tan fino y a la vez tan inasible, hace mucho tiempo que la representación política y el Poder Ejecutivo estarían reservados exclusivamente a la plutocracia.
Desde Aristóteles se sabe que dos son las formas fundamentales de relación que se establecen entre el político como emisor y el público como receptor. La primera tiene que ver con la persuasión y la segunda tiene que ver con la deliberación reflexiva. Para conseguir que el público realice la conducta o serie de conductas que espera el político, es necesario que éste ponga en juego su capacidad dialéctica para atraer primero su atención y después sembrar en el oyente las preguntas o dudas que lo motiven o persuadan a realizar determinada acción, como votar, comprar o protestar.
Esto lo saben los expertos en marketing; por eso, abrirse paso y tener éxito en un ambiente electoral altamente competitivo, ha llegado a ser un asunto de especialistas en marketing político.
La mitad o más de la mitad del éxito en una contienda electoral depende de los estrategas, y menos de los candidatos y de las estructuras partidistas.
Una campana electoral está centrada básicamente en el objetivo de persuadir a los potenciales electores para votar por un determinado candidato. La persuasión no ocurre con el militante ferviente ni con el ciego seguidor. La persuasión se dirige hacia los indecisos, los dubitativos, y en general hacia los electores distraídos e indiferentes. Para persuadir es necesario comunicar una cierta ""construcción de la realidad"". El intercambio fundamental que se da entre los políticos y los ciudadanos en una contienda electoral democrática y competida es un intercambio simbólico.
Por eso, las campanas requieren de creatividad y recursos, pero sobre todo de una aguda capacidad para combinar el discurso, la estrategia, los símbolos y la ""venta de futuro"". El componente ideológico en las campanas es cada vez menos importante. Ahora los grupos sociales ya no tienen preferencias políticas e ideológicas rígidas.
Hoy en día los partidos se nutren de contingentes y cuadros que provienen de todos los segmentos de la sociedad. Y los candidatos se afanan en hablarle a casi todos los grupos sociales. El discurso clasista se encuentra casi extinguido. No hay otra manera de construir la coalición social que lleve al triunfo.
La diferencia entre uno y otro partido, así como entre los candidatos, radica en la percepción acerca de su probable triunfo. A los electores les gusta subirse a tiempo en el carro de los probables ganadores. Pero ese fenómeno no ocurre a favor de cualquier partido o candidato. El triunfo sólo abraza a quienes cultivan de manera refinada y oportuna la política simbólica.
Será en la caldera de la disputa simbólica donde se forje el camino del éxito de quien podría ganar la Presidencia de la República. La contienda electoral aún no se ha polarizado. Eso significa que el margen para la actuación de los expertos no se ha estrechado. Por ello es muy interesante para la opinión pública, además de conocer las propuestas de los candidatos, saber quiénes conforman su entorno inmediato, pero sobre todo, para saber cómo despliegan sus estrategias para librar la batalla en cada metro de la disputa simbólica que vivirá el país hasta el próximo 2 de julio.
Después de todo, la política no es sólo dinero, coacción y recursos materiales. (El Universal).
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