La violencia criminal cobró 25 vidas ayer en México, en tanto que en la Universidad Técnica de Virginia, Estados Unidos, más de 30 estudiantes fueron asesinados en una escalofriante muestra de que la cultura de las armas en el continente americano golpea con igual sana en el bajo mundo que en el campus universitario.
El trasiego de armas edifica una cultura en la que literalmente la vida no vale nada. En nuestro caso los instrumentos de muerte vienen en su mayoría del norte, de Estados Unidos. El Centro Nacional de Planeación, Análisis e Información para el Combate a la Delincuencia (Cenap) encontró que de las más de 90 mil armas aseguradas por el gobierno federal en 11 anos, sólo 22.7% han estado relacionadas con el narcotráfico.
O sea una de cada cinco confiscadas pertenecen al crimen organizado, que no sólo no ha perdido su capacidad de fuego, sino que la ha aumentado con arsenal antiaéreo, metralletas contra blindaje y lanzagranadas, además de los usuales rifles automáticos AR-15 y AK-47, de cargador retorcido, como cuerno de chivo, que es el nombre popular que lo caracteriza.
Obviamente, los narcotraficantes jamás se toman la molestia de registrar un arma, cosa que el ciudadano común debe hacer en nuestro país, si decide legalmente adquirir una. Pero este registro sucede en el menor de los casos, lo cierto es que con o sin licencia para portarlas, México es un país armado y con una cultura gatillera.
Al norte la cosa está peor. La matanza de Virginia es la número 22 ocurrida en una escuela estadounidense en 15 anos, que en total han arrojado 62 muertos, 74 heridos, una violación y cuatro suicidios.
Para los estadounidenses, buena parte de los cuales no sólo han recibido entrenamiento militar, sino que han participado en alguna guerra, tener un arma es un derecho muy apreciado, parte de su constitución inclusive, y cuentan con poderosos apoyos en ese empeno, como el de la National Rifle Association, que dirige con firmeza el actor Charlton Heston.
Al otro lado del río Bravo es tan fácil adquirir un arma que se hacen ferias enormes para venderlas, se consiguen en tiendas deportivas, casas de empeno y, por supuesto, armerías que abundan a lo largo de la frontera. Ya ni hablamos de lo que se vende por catálogo e internet.
Esas armas transitan fácilmente hacia México. Estamos en permanente riesgo mortal por la inacción en el mejor de los casos -y la corrupción en el peor- de autoridades en ambos países que permiten que la capacidad de fuego se expanda por nuestros territorios.
Los delincuentes se matan entre sí, pero también asesinan a policías, militares y periodistas, y ocasionalmente a la gente común, cuyo único error es estar en el lugar y el momento inadecuados.
El combate al contrabando de armas a México debe intensificarse en cruces fronterizos detectados para ese tráfico, pero sería ingenuo suponer que podríamos tener éxito sin la colaboración de los vecinos.
Un mexicano, Alfonso García Robles, ya se ganó el premio Nobel por su lucha en favor del desarme nuclear. Urge un heredero diplomático para seguir la tradición respecto de algo más inmediato: las armas pequenas. (El Universal)











