Continúan desterradas más de 150 familias

Continúan desterradas más de 150 familias

Buscar a las familias desplazadas por presuntos grupos paramilitares de Chenalhó, es iniciar un viaje que nos lleva a una realidad que pareciera ser ajena a nuestro tiempo y a nuestra geografía.

Algunos kilómetros antes de llegar a Acteal -otra de las deudas pendientes con los pueblos originarios-, está un pequeño desvío de terracería, hacia la izquierda de la carretera. Ahí empieza la repetición de los escenarios y clima social que en 1997 derivó en la matanza de 45 víctimas, la mayoría niños y mujeres. Por desgracia, nuestra memoria, como nuestros pasos, parecen no alcanzar a estas comunidades de Los Altos de Chiapas.

En ambos lados de la carretera, un par de casas están baleadas, saqueadas e incendiadas. Puertas y ventanas arrancadas, y sobre el piso, cuadernos, útiles escolares, calendarios, y lo que alguna vez fueron adornos de las paredes.

Camino adentro, a poco más de un kilómetro de terracería y brecha, está el campamento de Akalumtik, en Chalchihuitán. La vida cotidiana aquí es tan inhumana como lo era convivir a metros de las armas homicidas de Chenalhó. La separación política y administrativa era la carretera, fácilmente franqueable por los disparos de una arma larga.

De las 153 familias refugiadas en la cima del paraje, ninguna regresó a su casa durante el retorno masivo que anunció en semanas pasadas el Gobierno estatal.

Denuncian que han fallecido en este campamento dos adultos mayores, y dos niños (una de ellas de diez semanas de nacida), a causa de las temperaturas bajo cero de los últimos dos meses.

Ismael, de cinco años de edad, es uno de los más de 200 niños del campamento. Al menos, 180 de éstos son de edad escolar y preescolar.

Con la ayuda de la sociedad civil, y la asistencia médica de Médicos Sin Fronteras (MSF), tres veces por semana, los refugiados sobreviven con una dieta que varía entre sopa de pasta, arroz, frijoles, soya texturizada, eventualmente atún o sardinas, y tortillas de maíz.