Convencer a los convencidos

El presidente Felipe Calderón pronunció un discurso poseedor de un alto contenido patriótico. Con una lengua que recordó la de Belisario Domínguez, fustigó firmemente los equívocos que en los Estados Unidos se cometen diariamente en dos temas: la intolerancia ante la migración mexicana y el tráfico de armas hacia nuestro país.

En 27 ocasiones recibió el aplauso de los legisladores vecinos y también de algunos parlamentarios mexicanos que, con él, acudieron a la visita oficial en Washington. Cuentan las crónicas que tanto Beatriz Paredes, dirigente del PRI, como Carlos Navarrete, líder perredista en el Senado, mostraban signos de eufórico nacionalismo al escuchar hablar al jefe de su Estado.

Contrastó sin embargo en este ambiente, la actitud de los representantes ante el Capitolio que pertenecen al partido republicano. Mientras los demócratas lo ovacionaban, sus opositores conservadores mostraron signos de incomodidad, primero, y luego de franca descortesía.

Las declaraciones del senador republicano por Utah, Orrin Hatch, para descalificar la voz del presidente mexicano dan prueba de ello. Le acusó de haberse entrometido, de manera harto irrespetuosa, en la política interna de su país. Cabe frente a esta reflexión imaginar qué habríamos dicho los mexicanos si Barack Obama hubiera tomado el micrófono de la tribuna más alta de nuestra nación para regañarnos por nuestros errores y desaciertos.

No sólo los mexicanos somos muy nacionalistas. Nuestro vecino puede serlo aún más. Y la historia entre los dos países ofrece pruebas abundantes de lo que ocurre cuando las dos identidades se estrellan la una contra la otra: México y los Estados Unidos acaban volviéndose países aún más distantes.

De ahí que alimentar la polarización latente en ese país con respecto a los asuntos méxico-americanos podría ser evaluado, más como un error que como un éxito. Nuestro Presidente decidió hacer un discurso para convencer a los convencidos y, al mismo tiempo, para descalificar rudamente a quienes no lo están, de emprender una reforma migratoria o de regular eficazmente el tráfico de armas.

Ganó con ello 27 veces el aplauso pero también perdió, quizá, la última oportunidad durante su mandato para mover los términos de la discusión ofreciendo argumentos que llevaran a los detractores de México a reconsiderar sus posiciones.

Fracturar con las palabras o los actos es la mejor manera de lograr que las cosas no sucedan. Acaso será ese el desenlace provocado por el discurso de Calderón el día de ayer en el Capitolio. (El Universal)