En una entrevista con El Universal, que se publica hoy aquí, el presidente de la Asamblea del Poder Popular de Cuba, Ricardo Alarcón, afirma que México debe exigir a Washington explicaciones sobre la forma en que Luis Posada Carriles cruzó nuestro país rumbo a Estados Unidos.
Cabe recordar que Posada Carriles es convicto de haber hecho estallar un avión Tupolev de la companía Cubana de Aviación que había despegado el 6 de octubre de 1976 del aeropuerto de Maiquetía, en Venezuela, hacia La Habana. En el acto terrorista murieron todos los ocupantes de la aeronave, incluido el equipo cubano de esgrima, campeón panamericano.
El diputado Alarcón matiza sus declaraciones con provocadora malicia, pues aventura que Posada Carriles transitó por México con cierta impunidad y comodidad; sugiere que el terrorista fue protegido por grupos anticastristas, quizás aliados con narcotraficantes y polleros , que es decir, tráfico ilegal de migrantes indocumentados. Con tantos ingredientes, da la impresión de que el senor Alarcón parece querer fabricar un coctel explosivo de alta intensidad y, aunque estas afirmaciones deben ser tomadas en cuenta por las autoridades mexicanas, el diputado las hace sin dar pruebas, por lo que, así, incurre en la acusación vana y riesgosa.
Decidir cuándo y cómo habría que exigírsele a cualquier gobierno en el mundo respecto de asuntos de interés mexicano corresponde, precisamente, a los operadores de la diplomacia mexicana, en el entendido de que quien tiene la obligación de dirigir la política exterior de México es el jefe del Ejecutivo nacional.
Si el diputado Alarcón tiene evidencias, testimonios o informaciones bien fundamentadas sobre la forma en que Posada Carriles llegó a Estados Unidos, las personas que lo ayudaron y otro tipo intervenciones que le solaparon en México, debe presentarlas formalmente y hacerlas públicas, para beneficio de todos.
Esa sería la manera adecuada y sana de proceder cuando se busca un resultado efectivo y bien intencionado. Y sí, en efecto, se debe enjuiciar a quien pudo haber cometido un acto de barbarie, por todas razones injustificado, como el que ocurrió a cubanos inocentes en Venezuela. Para un político que preside la Asamblea del Poder Popular de Cuba no puede pasar inadvertido que el inapropiado e inaceptable llamado a que México se involucre en este episodio tiende una niebla de confusión y sospecha perjudiciales para la vieja y entranable relación que une a los pueblos mexicano y cubano, por supuesto muy diferente a la titubeante relación que en los últimos anos se ha dado entre ambos gobiernos.
Afortunadamente, los mexicanos somos memoriosos y tenemos en alta estima a políticos cubanos que han manifestado amistad y solidaridad, como fue el embajador Manuel Márquez Sterling, junto a Madero en la Decena Trágica, por citar un caso entre muchos otros, y es usual repetir que la sensibilidad esencial de ambos pueblos va de la mano hace siglos y está a prueba de una inapropiada forma de llamar la atención sobre asuntos que le corresponden al gobierno de Cuba.
Deseamos que la duradera amistad entre nuestros pueblos se traduzca en una buena relación entre nuestros gobiernos, sobre la base del entendimiento, el respeto mutuo y el trato considerado que las naciones se merecen; pero una relación así concebida no se construye con especulaciones o suposiciones y sí con verdades. Ni más, ni menos.(El Universal)











