Las tradiciones milenarias en Chiapas siguen vigentes. Los panteones de Tuxtla Gutiérrez lucieron abarrotados, el Día de Muertos se prolongó por varias horas, hasta donde el horario lo permitió. En cinco días que durará el operativo de vigilancia de Protección Civil y Seguridad Pública, se calcula que llegarán 180 mil personas a visitar las tumbas de los seres queridos que han avanzado en el camino.
Entre la multitud encontramos a la familia Jiménez de la Cruz, ellos acudieron al panteón municipal de la ciudad a visitar a sus difuntos, aunque lo hicieron de una manera diferente.
Desde hace más de 100 han años han acudido a los cementerios respetando la tradición Zoque. La flor se llega a cortar entre el 30 o 31 de octubre para elaborar los arreglos en formas de coronas, narró Daniel Jiménez de la Cruz, uno de los nietos que se ha preocupado por conservar esta tradición en su familia.
Describe que estas flores las cortan sobre las montañas que adornan la ciudad (muy cerca del Cañón del Sumidero); cada vez es más complicado conseguirlas, agrega, porque la deforestación y las invasiones han acabado con todo.
Las coronas son adornadas con flores cempasúchil, musá y la de punú o de lechita. Dice que ahora los nietos son los encargados de preservar estas tradiciones cada año, donde se reúnen todos los integrantes de su familia.
El 2 de noviembre la población confirmó que las modas extranjeras no han desplazado estas celebraciones mexicanas. El Carrizo, el pito, la marimba, guitarras y hasta trompetas fueron algunos instrumentos musicales que se dejaron ver en los panteones.
Jiménez de la Cruz explica que estas coronas solamente las hacen una vez al año, adentrarse en las montañas es como recordar su pasado y su infancia, cuando sus antecesores ya realizaban estas actividades.
Con ocho coronas naturales y dos de papel adornaron la tumba familiar, con atole y tamales acompañaron la celebración, fue una tarde especial y diferente para ellos.
María Elena de la Cruz Gómez de 70 años de edad, es quien elabora las coronas artificiales; se preparó con un mes de antelación para hacerlas; para estas fechas hizo dos, sus productos no los comercializa, son para ocasiones especiales.
Sin utilizar ningún tipo de pintura le da color a las flores, utiliza el propio papel para darle un aspecto diferente a su trabajo. Desde los 18 años elabora estas coronas y sólo necesita de 100 pesos para culminarlas.
Ramiro López / CP
La tradicional celebración del Día de Muertos se vio opacada por la poca afluencia de familiares a los panteones este primero y dos de noviembre, fechas en que según la tradición religiosa, las almas de los fieles difuntos regresan a este mundo, para estar entre nosotros todo el mes de noviembre.
Durante un recorrido por los principales panteones de la ciudad, se percibió poca afluencia de visitantes durante las primeras horas del día, donde pocas familias asistieron a llevar flores y velas en las tumbas de sus fieles difuntos.
Los mariachis pagados por el Ayuntamiento recorrieron los sepulcros, entonando sus canciones a quienes quisieran alegrar la estancia con sus familiares, mientras degustaban sus tamales, antojitos y comidas.
Según los visitantes, la baja economía que prevalece por la falta de empleo, ocasiona que muchas personas solo tengan para los necesario, y no puedan invertir en flores, velas para sus difuntos, que ha generado una baja en la asistencia a los camposantos.
Sin embargo, señalaron que muchas tumbas están abandonadas, pues, al parecer, los familiares llegaron a dejar a su finado en el sepulcro y nunca regresaron, principalmente en el panteón central, donde según dicen, debería existir un programa de desocupación de tumbas abandonadas, enviando los restos a la fosa común, y donar los lotes desocupados a gente que los necesite y velen por sus difuntos.
Diego Perez / CP
Como lo marca su tradición indígena, el 1 de noviembre don Francisco Gómez asistió al panteón de San Cristóbal de Las Casas para “llevarse” hasta su hogar el espíritu de sus muertos; se trata de su padre y hermano acaecidos en años pasados y a quienes según la cosmovisión indígena se les realiza “la fiesta de las almas”.
Ayer, don Francisco acompañado de su esposa, “regresó las almas de sus familiares al panteón” para que sigan con su descanso eterno; hasta el próximo año cuando se repita el ritual.
Avisaín Alegría / CP
Arriba del suelo, sonidos difusos, confusos. Abajo, silencio sepulcral. Sobre el suelo, un calor infernal; abajo, frío inenarrable. Los vivos bailaban, comían, cantaban, corrían, amaban, odiaban, sufrían, gozaban. Los muertos, descansaban. Los rostros de unos rojos por el sol intenso. Los de otros, pálidos por el abrazo de la muerte.
La expectativa no fue conforme a lo previsto. Cuando la tarde comenzaba a caer y la mujer observó que aún tenía casi toda su mercancía, redujo el precio a menos de la mitad. “¡Coronas a 20 pesos!”, gritaba desesperada. El plástico puede esperar al año entrante, pero las flores naturales, no.
La afluencia de autos y personas no fue como el año anterior. Un vistazo bastó para darse cuenta de ello. Este medio recorrió los pasillos de los principales camposantos de la capital chiapaneca.
Sobre la 4a Sur y 9a Sur de Tuxtla Gutiérrez, la vía se cerró al paso vehicular. Se atestó de locales comerciales que vendían de todo: Comida, refrescos, pozol, flores. Solo un local con sahumerio. Solo un cliente compró. Una sola tumba de las 18 mil en el Panteón Municipal tenía el humo oloroso.
Música de tambor y carrizo se oía en una tumba. Era de don Artemio Cameras.
A unos 20 metros, sonaba la marimba. Tocaban “Machete tunco. Emilio Sánchez Selvas no perdía tiempo y bailaba. Le tocaba cooperar y desquitaba su cooperación.
Más hacia arriba, se escuchaba música norteña.
Los integrantes de un mariachi recorrían los reducidos pasillos. Entre ellos una mujer. Ofrecían sus servicios, pero casi nadie los contrataba. “Hay que bajarle”, le decía uno al líder.
La crisis económica se reflejó. Pocas flores y algunas tumbas, de plano nada. Una tumba sin cruz y sin nombre, tenía unas cuantas flores marchitas que alguien le dejó condolido al verla abandonada.
A la entrada se oían niños ofrecer agua. Los que tenían sed volteaban, pensaban que era para beber. Era para los floreros y para lavar tumbas. Algunos niños limpiaban las lápidas.
En la capilla principal ofertaban rezos de 9 a 6 de la tarde, pero pocos iban. Muchos preferían alimentar el cuerpo y no el espíritu.
Un hombre de camisa verde militar cargaba en sus brazos unas flores. Era el periodista Oscar Gutiérrez. Acompañaba a su madre. Ellos no son católicos, pero llevaron flores a su vecina, Doña Amparito, que falleció hace poco a los 96 años.
La nonagenaria llevaba comida a sus pollos, cuando se lastimó con una lámina. Era diabética y la herida se complicó. José, su esposo, falleció antes a los 100 años. Fueron vecinos de Oscar durante 40 años y los querían mucho.
Amparito, Oscar y su mamá creen que hay vida después de la muerte. Que habrá un juicio venidero, que hay que vivir preparándose para ese momento. Y sin embargo parece que sobre las 18 mil tumbas no hay ese mismo sentir.
Encaminamos nuestros pies a la salida. Al llegar donde dejamos la motocicleta (9a Sur y 12 Oriente) y un joven se molesta. Es el vendedor de una conocida empresa de transporte que grita” México, México”. Ocupamos su espacio. Y nos reprende.
Avanzamos un poco sobre la 12 Oriente y al buscar una sombra en la 7a Sur, para enviar un video, llega un niño delgado, moreno, de unos ocho años. “Supongo que me vas a pagar. Es mi lugar y voy a estacionar carros; si no vas a pagar muévete”, me dice. Todos venden algo cerca del panteón.
En el Jardín Marcos la historia es similar. Los “viene viene” se pelean por los clientes”, sobre la calle Tucán.
Debido a la poca afluencia se habilitó en ambos sentidos el acceso por el libramiento Sur.
Los taxis entran y salen. Hacen su agosto en noviembre. Las “dejadas” son de hasta 90 pesos, cuando costaban 40.
La gente entra y sale. Pasado al mediodía son más los que se van.
Un local ofrece pollo “azado” de un lado del letrero y pollo “asado” del otro. Poco importa la ortografía, el sabor es lo importante. Pero nadie se detiene a comer el pollo con mala ortografía.
Acapara la atención un local de un “hermano” que ofrece comida, refresco, pozole y hasta cerveza.
“Esta cosa parece feria y no panteón”, dice un joven que entra en su bicicleta. Y tiene razón. Ventas de flores, poca y cara. El local con precio de la Profeco sin cliente, El otro, sin control, está lleno.
También compran sombreros, aguas de coco, piñas. El calor es intenso.
Un local ofrece tacos a “beneficio del jardín de niños Víctor Manuel Reyna” afectado por el sismo.
El baño del panteón San Marcos está repleto. Y las casas de enfrente ofrecen baños a 5 pesos. A la entrada del camposanto luce un altar con dos fotos. Una es de la abogada María del Carmen Moreno Cancino. Murió a los 43 años, en el Hospital regional. Era de Carranza. A su lado está la foto de “La Tortuga”, Raquel Juárez, un trabajador del Ayuntamiento capitalino que falleció a los 73 años..
En una de las primeras tumbas al entrar, se oye un rezo. La tumba es peculiar. No tiene bóveda o lápida de concreto como las demás, Tiene pasto y un jardín.
Un poco al norte luce una tumba especial. Con pétalos de rosas escribieron “Te amamos”. Allí descansa Julio Mauricio Azpe.
Otra tumba tiene un corazón formado con cañas. Y el resto de las 12 mil tumbas luce con flores, con gente. Pero como un lunar destaca entre las 12 mil tumbas, una de las primeras en erigirse. Es la de Helen Gardisef Fitzgerald. Murió en 1989. Es de las más antiguas. A su lado, está otra de 1992. Las dos lucen abandonadas. “Nunca viene nadie”, dice un hombre que está al lado.
También se ven sin flores y sucias, las tumbas de Leonor López y Francisca Ortega, ambas fallecieron en marzo de 1996. su familia o murió también ya, o se fueron de aquí o de plano los olvidaron.
Los demás disfrutan de la comida, la bebida, la convivencia. Unos llevaron grabadoras, sus bocinas para oír música. Unos que lloraron al perder a su ser querido, ahora bailan al son de la canción “Cangrejito Playero”.
En una tumba un hombre llora al oír la canción de un grupo de musical norteña. Un acordeón, bajo sexto y violonchello tocan una canción nostálgica. Luego siguen con otra de desamor y concluyen con un corrido de narcotráfico.
A la salida, cual si fuera la cereza del pastel de diversión, un hombre ataviado com un auténtico zombie, baila la canción “Despacito”. Una mujer se detiene a bailar. Un niño baila desde lejos, mientras una niña se acerca y le da un beso al zombie que luce tripas y ojos chispados. Tiene un machete “clavado” en la cabeza.
La niña se aleja sonriente; no le teme a los muertos, sino a los vivos que delinquen, que violan, roban, matan, secuestran.
El sol se puso y con él quedaron atrás las risas y llantos. El tiempo se llevó cual corriente embravecida, los recuerdos hacia el mar del pasado… y los sepultó.
Avisaín Alegría /CP
Echándole la tierra encima, también los cubrieron con el polvo del olvido. Noé no habla dolido por la falta de trabajo, ni siquiera por ser temporada alta este año hubo movimiento. “Está muy bajo, no sé si fue el sismo”, dice sonriente, pero nostálgico. Las tumbas sucias, despintadas, abandonadas, refuerzan sus palabras. Y eso que faltan dos días para el Día de muertos. Noé es pintor de tumbas y su trabajo cada vez tiene menos demanda.
Parado a la entrada Sur del Panteón Viejo (Municipal), Noé López Jiménez coordina un grupo de seis pintores, uno de ellos es el de “relaciones humanas”, que ofrece sus servicios a los visitantes -“Mi jefa, le pintamos su tumba, barato, queda bonito”, dice, la gente mueve la cabeza en negativa. No tiene dinero o de poblano no tiene interés.
Uno de 10 ofrecimientos tiene aceptación, es apenas para pintura de una bóveda chica y una mesita. Noé se encarga del trabajo.
Se encamina hacia la tumba ubicada en el lado Sur Oriente del camposanto.
El cliente indica que quiere la mesita rosa y la bóveda celeste.
Mientras pinta, Noé cuenta que su trabajo cada vez más pierde demanda. La gente no se acuerda de sus difuntos y no se preocupa por embellecer las tumbas.
Otro factor es el económico. Al lado de donde pinta Noé, una jovencita hace lo propio, no pagó, prefirió hacerlo ella misma para ahorrarse la mano de obra. Sonríe al oír que Noé le dice que le está quitando chamba.
Cuestionado sobre el costo, Noé detalla que el precio oscila entre 600 y mil 500 pesos, dependiendo de la dimensión de su trabajo, Incluye todo el material y mano de obra. Puede ser desde lijado y pintado de herrería, paredes, techo de la capilla, bóveda, entre otros detalles.
Esta vez, por la mesita rosa cobrará 100 y por la bóveda celeste 200 pesos.
Elio Henríquez / CP
La celebración del Día de muertos en la comunidad del Romerillo, municipio tzotzil de Chamula, se han convertido desde hace varios años en una fiesta colorida y vistosa que se distingue por las cruces de madera de varios metros colocadas en medio del panteón representando a varios parajes.
Además de miles de indígenas de municipios vecinos, cada año asisten cientos de turistas nacionales y extranjeros que se confunden entre el olor a la juncia (hojas de pino) y a las flores de cempasúchil; entre los mashes (grupos de músicos chamula stradicionales), las cruces y las tumbas junto a las cuales son colocados alimentos y bebidas que se ingieren en familia y entre canciones de conjuntos musicales.
Según el director del Centro Estatal de Lenguas, Arte y Literatura Indígenas (CELALI), Enrique Pérez López, la celebración del Día de los difuntos en Romerillo, es una de las más concurridas en las zonas indígenas por las grandes cruces colocadas en fila en lo alto del pequeño cerro en el que se encuentra el panteón, como no ocurre en ningún otro lado.
En ese campo santo entierran a sus muertos unas 20 comunidades de Chamula y cada una tiene su propia cruz en lo alto de la loma que la representa y que en estas fechas es adornada con flores.
A diferencia de las zonas mestizas, las comunidades indígenas celebran el Día de muertos el 1 y no el 2 de noviembre.
Manifestó que el Día de muertos “se celebra la memoria de los familiares que han fallecido; es para recordar su alma, lo que hicieron en vida; es como una continuidad que tiene que ver con el territorio y la herencia que se deja a los hijos”.
Señaló que en las décadas recientes “se han ido perdiendo costumbres que antes estaban muy arraigadas en las comunidades para celebrar a sus muertos, ya que con el crecimiento de iglesias evangélicas se dejó de llevar velas, ofrendas y flores a los panteones”.
Adolfo Abosaid / CP
Aunque miles de tuxtlecos llegaron a los cementerios de la ciudad, el director de Mercados y Panteones del ayuntamiento de Tuxtla Guriérrez, Wagner Escobedo Ortega, dijo que las visitas que realizaron las personas en estos días transcurrieron con normalidad, porque sólo se presentaron pequeños incidentes, como en prácticamente todo el territorio estatal
Destacó que la misma ciudadanía acató las recomendaciones que emitió la Secretaría de Protección Civil. Respecto a la basura, comentó, una parte se estuvo retirando desde los botes que colocaron en los pasillos principales, por lo complicado que resultó meter camiones.
Sin embargo, la mayor parte se retirará transcurrida una semana, porque las personas seguirán llegando hasta el 5 de noviembre, fecha en la que culminará el operativo de vigilancia. Sólo este 2 de noviembre, se retiraron más de 80 botes con desechos.
En tanto, Mario Méndez López, técnico en urgencias médicas de la Secretaría de Protección Civil municipal, explicó que ellos se mantendrán en los cementerios en los próximos días, para brindar atención prehospitalaria.
Recomendó a la población que asista a estos espacios y que caminen con precaución en la zona debido a la afluencia de visitantes.
El año pasado se brindaron 16 atenciones, entre ellas, el extravío de infantes que, a través de un operativo, se recuperaron y entregaron a familiares.
Más tarde, el director de Emergencias y Capacitación de la Secretaría de Protección Civil en Tuxtla Gutiérrez, René Fabián López Arévalo, informó que atendieron a dos personas por hipertensión (presión baja), tres más por caídas y una por cortadura.
Manuel Martínez / CP
Integrantes de organizaciones de mujeres marcharon de la Plazuela de San Diego al Centro de San Cristóbal de Las Casas, movilización que denominaron Marcha de Catrinas, para protestar por los feminicidios ocurridos en diferentes partes del país y esta región.
Con las consignas “ni una más”, “vivas se las llevaron vivas las queremos”, el grupo de mujeres recorrió las calles y avenidas de esta ciudad, hasta llegar al parque central en donde realizaron un mitin, en la que hicieron uso de la palabra representantes de los grupos feministas, entre ellas, Martha Figuero Mier, del grupo COLEM.
Denunciaron que a la fecha las autoridades nada están haciendo para evitar que las mujeres sigan siendo asesinadas, que las políticas públicas implementadas por las autoridades en nada ha ayudado para evitar los feminicidios.












