La alegría que niños y niñas esparcen en el jardín de la Capilla de “Jesús Sumo y Eterno Sacerdote” se detiene por un instante y de golpe, cuando sus madres les piden que guarden silencio mientras el padre se acerca al cuerpo del pequeño José Emmanuel, hacia el final de la misa previa a su entierro.
El pasado viernes 18 de septiembre, mientras se realizaban actividades deportivas en una cancha de futbol en la colonia Las Granjas, al norte de Tuxtla Gutiérrez, Emmanuel recibió un impacto de bala en la cabeza.
Tras un par de días de debate entre la vida y al muerte, cercanos al menor informaron de su deceso el 24 de septiembre. En ese momento, uno de sus entrenadores de fútbol escribió lo siguiente:
“No, guerrero, tú no fallaste, te fallamos nosotros, te fallamos porque no estábamos unidos, te fallamos porque no levantamos la voz por miedo a represalias cuando vemos delitos”.
Palabras del padre
“El padre quiere dar unas palabras”, menciona el sacerdote en un punto de la liturgia, que se desarrolla en una capilla de madera y techo de aluminio, tapizada de carteles donde se invita a que las infancias asistan a la escuela pastoral.
“Lamentablemente tocó vivir en carne propia la maldad que hay en este mundo”, dice el padre de José Emmanuel. “Pero gracias por todo lo bonito”, agrega al instante, con una voz que intenta no romperse con cada palabra.
“No hay nombre para lo que estamos sintiendo porque no, no soy huérfano, no estoy enviudando, estoy sintiendo un dolor que no creo que me vaya a quitar, pero tengo que aprender a vivir con ello”.
A lado del padre hay una foto de José Emanuel, con camisa azul y líneas rojas. Al pie del marco descansa una vela y un pequeño peluche de lobo, en posición de aquel canino que espera a que llegue su dueño.
“Lo que les puedo decir ahora es que, si tienen a sus pequeños abrácenlos mucho, quiéranlos mucho, crézcanlos bien, edúquenlos, incúlquenles buenos valores”, continúa el padre frente al cajón de su hijo.
Una mejor sociedad
“Y por más cansados que estemos, les dediquemos un poquito de tiempo, porque el día de mañana lo vamos a lamentar, vamos a querer, aunque sea un abrazo, un beso de nuestros hijos… Hermanos, yo les invitó a que creemos una mejor sociedad. ¿Cómo? Desde nuestros bebés”.
Terminado el servicio religioso, la caravana sale con un nutrido número de personas, la mayoría vestidas de blanco. El fuerte sol hace que el cortejo fúnebre se adorne de varias sombrillas, por donde resalta un globo azul que va hasta el frente.
“Gracias por brindarme tu amistad, siempre vivirás en nuestros corazones, José Emmanuel”, se lee en ese globo que acompaña a los familiares hasta llegar a la tumba del menor.
En ese momento, algunos infantes que hace unas horas guardaron silencio por órdenes de sus madres, ahora lo hacen por voluntad propia, observando el féretro de Emmanuel.
“Cómo quisiera que vivieras, que tus ojitos jamás se hubieran cerrado nunca y estar mirándolos”, cantan mientras algunos niños, entre lágrimas y con uniforme de fútbol naranja pasan a despedirse del menor.
Hay varios minutos de silencio hasta que el padre, con la mirada, les señala a los albañiles que pueden proceder. “Gracias, hijo. Gracias, Emmanuel”, dice. Los presentes le tiran rosas blancas.
A diferencia del cielo brillante con el que salió José Emmanuel de la misa, las últimas canciones que cantan en su honor suenan bajo un cúmulo de nubes grises.












