Cada año, en el mes de agosto, los días 16 y 17 renacen con un ritual que mantiene viva una tradición ancestral: el baile de San Roque, llevada a cabo en el barrio del mismo nombre en Tuxtla Gutiérrez, una danza profundamente enraizada en la comunidad zoque-tuxtleca, se presenta en el templo, en hogares con altares al santo y en domicilios cuyos dueños “piden” el baile para recibir su bendición.
El evento busca enlazar tradición, devoción y cultura zoque; la coreografía, reservada exclusivamente para hombres, transcurre en dos jornadas para abarcar la ciudad: el primer día cubre el Sur y el segundo, el Norte.
Esta danza vestida con atuendos vibrantes y armada con lanzas de madera, recorre casas y templos para reafirmar la identidad comunitaria.
Un espectáculo de símbolos y color
La indumentaria de los danzantes es una fusión de elementos que combina herencia indígena e influencia hispánica:
Camisa blanca y pantalón rojo de manta, con pantaloncillo sobrepuesto; sacón oscuro, medias rojas y huaraches (caite) con cascabeles; cotopayú y tzecuatpayú.
Penacho: es realmente un sombrero que lleva en la parte posterior plumas de pavorreal y chocolatillo, en una combinación sumamente interesante de elementos hispánicos e indígenas.
Lanza: es una figura de madera que portan en la mano, parecida a una punta de lanza.
Algunas personas de “El Costumbre” la han comparado con la imagen de una planta de elote en ciertos códices prehispánicos.
La música que acompaña, pito y tambor, está compuesta por cuatro sones, cada uno dividido en dos partes.
Este formato de ocho segmentos refleja directamente la estructura de las antiguas danzas cuadrilladas, muy similares a la danza de lanceros del siglo XIX, como comentan especialistas
Entre devoción y patrimonio cultural
El origen de esta tradición se remonta a la devoción de los zoques al santo protector de la salud, especialmente en tiempos de epidemias en el siglo XIX, cuando el culto a San Roque llegó a Tuxtla Gutiérrez.
Desde entonces, el baile no solo es un acto de fe, sino también de identidad, memoria y cohesión comunitaria.
Durante los días de fiesta, los danzantes recorren el templo y las viviendas adornadas con altares, entonando los sones antiguos, en un movimiento que reafirma el tejido social del barrio San Roque.
También se entregan alimentos típicos como pozol y se ofrece hospitalidad a quienes acompañan el recorrido.
A pesar de los cambios urbanos, este baile popular resiste y, desde la mirada local, representa más que un espectáculo, es la continuidad de una historia que conecta generaciones.