Deja la navaja y toma una “espada de dos filos”

Deja la navaja y toma una “espada de dos filos”

La noche oscura y lluviosa pasó. El sol tardó en salir, pero salió. Y en la v vida de Jorge Alfre do ocurrió algo similar. Tras estar inmerso en las drogas e intentar matar a su esposa tres veces con un machete, el exmilitar tuvo un giro de 180 grados en su vida. Ahora bolea calzados, sonríe, bendice. En su caja de chicles, antes cargaba navajas. Ahora, lleva una “espada de dos filos”: La Biblia. Y la lee en todo tiempo.

El sol asoma tímido en el oriente. Las nubes opacan su resplandor. Pero nada puede eclipsar la radiante sonrisa de un hombre que desde temprano llega a trabajar en la vía pública, frente al Sindicato del Cobach.

Es Jorge Alfredo Zúñiga Jiménez. Tiene 52 años de edad, “pero me siento de 15”, dice con jovialidad el nacido un 4 de agosto.

Minutos antes, se despidió con una sonrisa y un beso de su esposa, Virginia Martínez Sánchez, al salir de su casa.

También saludó y sonrió a los vecinos, a los pasajeros del colectivo que lo llevó a su trabajo. Y mientras instala su silla nueva (que le regalaron) su caja de dulces y de bolero, sigue regalando sonrisas.

Pero su sol no siempre brilló así. Tuvo episodios oscuros, tenebrosos, los cuales no quiere recordar. Pero los cita para motivar a otros a luchar y superar sus miedos, vencer sus obstáculos y romper las cadenas que los atan a la estaca de sus malos hábitos.

Un cliente llega. Se sienta. Jorge comienza a limpiar el calzado. Y a la vez abre el libro de su existencia y nos permite hojear sus páginas.

Jorge es aseador de calzados desde hace 30 años. Llegó a Tuxtla Gutiérrez en 1996.

La sonrisa se nubla un poco al decir que fue militar. “Allí conocí las drogas”, musita como si se avergonzara.

Aunque aclara que de joven, su primer droga fue la gasolina, en su natal Yajalón.

Esclavo de las drogas, Jorge intentó matar en tres ocasiones a su esposa, con machete. “Gracias a Dios se salvó”, comenta.

El primer calzado queda listo, brilloso. Pero brilla más la mirada de Jorge y no es de entusiasmo, sino por las lágrimas que amenazan con salir por la emoción.

“Mi esposa vivió un calvario”, dice. Y agrega que ya siendo bolero, siempre andaba un machete consigo. “En mi caja de bolear cargaba una navaja o un cuchillo cebollero; es que me sentía inseguro”, cuenta.

El cliente mira asustado a Jorge y luego voltea a la caja de bolear. Ya no hay navajas, sino una Biblia. Y eso sorprende al cliente.

Jorge lo nota y le explica: “No se preocupe, ya no cargo cuchillo. Ahora traigo mi espada de dos filos: la Biblia”.

Y mientras los demás boleros ofrecen a sus clientes un periódico para hojear mientras los bolean, Jorge ofrece la Biblia o una revista cristiana. Marca diferencia.

“Vino un joven muy triste, al IMSS de enfrente (13 Las Palmas). Llevaría a su hermano muy grave a México. Me prestó la Biblia. Se la regalé para que la leyera en el avión”.

El otro zapato ya casi está listo. Jorge hace un alto. El cliente no lo apura. Está muy interesado en la historia.

Jorge se endereza y dice: “Vino también el brujo mayor de Catemaco. Yo no sabía quién era. Al ver mi Biblia me dijo que él había matado a mucha gente, por dinero. Pero un día su hija enfermó gravemente. Desesperado, ni todo su dinero ni su brujería podía darle la sanidad. Y tuvo un sueño donde Dios le decía lo que debía hacer. Su hija sanaría, pero él dejaría de ser brujo. Y aceptó. Eso me movió”, dice Jorge.

Y el cliente se interesa aún más.

A partir de entonces, Jorge comenzó a leer con más frecuencia la Biblia que cargaba.

“Un día pasó la licenciada (Yolanda Calvo), me vio leyendo la Biblia y me regañó. Es que mientras la estudiaba, estaba fumando cigarro. Me fumaba hasta tres cajetillas diarias. Me dijo la licenciada: ‘¡¿Cómo es posible que esté leyendo la Palabra de Dios, mientras fuma su cigarrote?!”.

Es que estaba dejando las drogas y me sentía mal. Solo fumando, tomando café cargado y mi coca, me tranquilizaba un poco, dice Jorge.

Cliente y bolero se sientan de nuevo. Pasa un hombre y saluda a Jorge. “Es el director general”, dice. Me llevo bien con todos. Hace cinco años que trabajo aquí.

Jorge asiste actualmente a dos centros de rehabilitación: Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos. Hace ya dos años que no fuma ni toma.

Su esposa está feliz por el cambio. Jorge, también.

Han transcurrido 20 minutos ya. Y nadie se preocupa por el reloj. Por fin se oye el rechinido al pasar el trapo sobre ambos zapatos. Es el indicativo de que ya están listos.

“Listo patrón”, dice Jorge. El cliente se para, sonríe… no se quiere ir. Desea quedarse a escuchar más de la vida de este hombre.

Antes que el cliente se vaya, Jorge se sincera: “No, no crea que soy un súper hombre. He tenido mis baches emocionales. He tenido días malos en los que creo que no vale la pena luchar, ni esperar en Dios. Pero gracias al Señor me levanto luego de caer”, dice.

Con un apretón de manos y otra cálida sonrisa, Jorge despide al cliente y al reportero. Cierra así el libro de su existencia al escrutinio público.