Democracia mezquina

Este año, cuatro de cada 10 ciudadanos serán convocados a las urnas para elegir 12 gubernaturas, mil 533 ayuntamientos y 309 diputados. Será un año de elecciones en 15 entidades de la República, paradójicamente, un enorme obstáculo para los acuerdos entre partidos políticos en un momento que exige transformaciones ante la creciente inconformidad social.

En cualquier democracia, sea de fondo o meramente instrumental, sucede lo mismo cada vez que hay comicios. Recordemos la sonada derrota de millones de paisanos cuando la reforma migratoria, propuesta por el ex presidente estadounidense George Bush, fue rechazada en la Cámara de Representantes del país vecino -entre otras cosas- debido a la cercanía de los procesos electorales de 2006 y luego de 2008.

El problema en el caso de México, es que ese temor innato de los políticos a la impopularidad en tiempos electorales carece de control alguno, de mecanismos para crear periodos que no se vean contaminados por la competencia entre partidos. Las elecciones aquí generaron una pluralidad política inexistente durante el siglo pasado, pero no los consensos para hacer avanzar al país hacia una dirección concreta, ya no digamos la más conveniente. Los pesos y contrapesos creados para garantizar que todos tuvieran voz y voto derivaron, mal canalizados, en simple división.

Se han planteado diversas soluciones, entre ellas, construir un calendario electoral que permita espacios de concertación. También el presidente Calderón ha propuesto, por ejemplo, obligar al Congreso a legislar dos propuestas enviadas desde el Ejecutivo. Infortunadamente la discusión sigue sin que algo cambie. Mientras no se resuelva el tema de los calendarios electorales seguiremos estancados en la mediocridad de las pulsiones políticas y, por consiguiente, en las sospechas mutuas entre actores públicos sobre los malignos intereses detrás de cualquier iniciativa.

No estamos ante un tema banal. La confianza en la democracia disminuye a gran velocidad. Los mexicanos queríamos una mejor representación, pero suponíamos que la clase política, dotada de una libre competencia, sería capaz de colaborar entre sí en beneficio del país. En lugar de eso descubrimos que sólo los intereses electorales quedaron representados. De esta forma se crea un caldo de cultivo ideal para quienes desde lo más alto y lo más bajo abogan por las bondades del autoritarismo frente a la ineficiente democracia.

2010 es un año que despierta nerviosismo. Ojalá los responsables de conjurar esos temores asuman su responsabilidad y defiendan lo que México merece ser.

El Universal