Democracia secuestrada

Nuestra democracia está secuestrada y los ciudadanos están hartos de ver cómo los políticos usan la tribuna para denigrar su misión: en lugar de representar la voz de los mexicanos, utilizan su curul para desprestigiar la tarea legislativa. La clase política ignora las demandas ciudadanas y pospone las decisiones fundamentales para el crecimiento del país. Ahora mismo, se resiste con todas sus fuerzas a un cambio de régimen para incentivar los acuerdos y fortalecer el poder de los ciudadanos.

En lugar de aprobar los cambios urgentes para México, los legisladores se distraen de su responsabilidad y dedican su periodo de trabajo para aumentar la discordia con acusaciones personales y ataques desaforados.

Vociferan ofensas, mientras se desentienden de los grandes problemas nacionales. No me sorprende que casi ocho de cada 10 mexicanos piense que los diputados y senadores no toman en cuenta los intereses de la población.

Los ciudadanos sienten que la democracia no está en sus manos, las decisiones de sus representantes no responden a las necesidades de la población. Sólo se discute y se aprueba lo que mejor conviene a los intereses particulares de los partidos.

Durante más de diez años, nuestros representantes no han logrado salir de ese estado de enfrentamiento y no han aprobado reformas de importancia para el promover el desarrollo de México. Nuestro Congreso muestra graves signos de estancamiento que profundizan el desencanto de los ciudadanos, que ven a sus representantes en pleitos constantes y sin lograr acuerdos para el beneficio de México. La discordia se ha apoderado del debate legislativo. La amplia pluralidad partidista termina en un callejón sin salida. No hay instrumentos políticos para dirimir constructivamente las diferencias. Los propios legisladores exigen un polígrafo para recuperar la credibilidad que han perdido. Ni entre ellos confían. Cómo podríamos confiar nosotros en ellos. Cómo esperar acuerdos de quienes no respetan los compromisos pactados. La desconfianza reina en el espacio público y se ha apoderado de las conciencias políticas y ciudadanas. Las instituciones han perdido credibilidad y autoridad. La distancia entre los partidos y los ciudadanos, entre los legisladores y su electorado, ha llegado a tal extremo que ese alejamiento provoca un desencuentro entre las demandas ciudadanas y las decisiones de sus representantes. Ese fenómeno de pérdida de confianza de la ciudadanía conduce a nuestra vida pública a una grave crisis de representatividad. Ante esta realidad, estoy convencida que la participación activa de los ciudadanos puede romper el círculo de la discordia. México enfrenta un reto enorme para poder construir un futuro mejor: ese reto es transformar la relación entre gobernados y gobernantes. Es inaplazable reformar nuestra constitución para devolver la democracia a los ciudadanos.

Mi experiencia como activista ciudadana contra la inseguridad, me enseñó que para lograr una auténtica seguridad, necesitamos mucho más que la intervención de la policía y el Ejército. No es verdad que las personas son apáticas, lo que sucede es que no tenemos confianza en las instituciones que hoy gobiernan y los espacios para la participación ciudadana en los asuntos públicos es escasa. Con la organización de la sociedad tenemos la oportunidad de crear un cambio profundo. La transición a la democracia se logró con la fuerza de un protagonista central: la sociedad organizada. Gracias a su participación activa hemos logrado avanzar y fundar un nuevo sistema electoral democrático. Pero no hemos reformado el sistema político y es imprescindible hacerlo y hacerlo bien.

Nuestro mayor riesgo es reincidir en lo conocido, sentir nostalgia de las viejas prácticas autoritarias que simulaban su eficacia a fuerza de acallar las diferencias. La ruta no es el retroceso a un régimen que usaba el autoritarismo para imponer la unanimidad. Construir un nuevo régimen democrático requiere de nuevos cimientos. Esas bases son la transparencia y la rendición de cuentas. Para lograr fundar esos cimientos necesitamos que los partidos no impongan su agenda a la ciudadanía.

Porque la política es demasiado importante como para dejarla sólo en manos de los políticos, y esta reforma demasiado importante como para dejarla sólo en manos de los partidos. Tenemos que crear mecanismos de presión ciudadana para evitar que nos impongan una reforma cosmética, que asegure los privilegios partidistas, pero que no le sirva a los ciudadanos para tomar las decisiones que nos den futuro. Si logramos una buena reforma política, después, con mayor facilidad, se producirá la reforma fiscal, la reforma laboral, el cambio en las estructuras de seguridad social, y sobre todo, cambios en la estructura económica que nos permitan crecer a un ritmo más acelerado y con una mejor distribución de la riqueza y por tanto, una mayor seguridad y justicia.