Democracia y desconfianza

César Cansino * El Universal. Muy grave es la crisis económica y la inseguridad que padece nuestro país. Nadie lo pone en duda. Pero más grave aún, mucho más penoso, es que los ciudadanos no tengamos expectativas realistas ni para salir de la crisis ni para neutralizar el crimen y la violencia. Prueba de ello es el decálogo de buenas intenciones que presentó el presidente Felipe Calderón en ocasión de su tercer Informe de Gobierno, un conjunto de medidas tan ambiguo como irrealizable, y claramente insuficiente para hacer frente a la grave crisis económica que nos aqueja.

zBasta reconocer la gravedad de la situación, como ha hecho finalmente el Presidente, después de meses de edulcorarla artificialmente, para que ahora sí se actúe en consecuencia? La verdad es que no cabe esperar grandes avances. El momento político no podía ser más delicado y contraproducente, lo que abona más a la parálisis que a la acción.

El Presidente engana, y la gente lo sabe, lo constata tristemente todos los días. El PAN en el poder no ha sabido gobernar, pero la oposición tampoco ha sabido ilusionar con propuestas consistentes y realistas. PRI, PRD y los partidos satélites siguen atrapados en disputas y propuestas ideológicas y populistas francamente inútiles para hacer frente a los problemas que nos aquejan. Es claro que a la oposición le interesa más hundir al gobierno y a Calderón, y a la larga obtener raja de ello, que aportar su capital para entablar acuerdos y buscar soluciones a los problemas.

Por todo ello, quizá más que la propia crisis económica o la inseguridad, lo que más preocupa a los mexicanos es la crisis política, o sea, el deterioro de un aparato institucional y normativo cada vez más disfuncional e ineficaz, pero sobre todo cada vez más alejado de los ciudadanos. La actual crisis política es característica de un régimen democrático en ciernes, cuyos actores políticos, emergentes y pasados, no han sabido leer las implicaciones y las responsabilidades derivadas de la alternancia, no han sabido (o no han querido) romper con el pasado autoritario mediante la edificación de nuevas leyes e instituciones consecuentes con las exigencias y la dinámica de una nueva realidad democrática.

Se trata, pues, de una crisis por inacción, por incapacidad, por falta de voluntad por parte de la clase política en su conjunto para promover, impulsar, negociar y poner en marcha un nuevo ordenamiento institucional y normativo.

El resultado ha sido la desilusión y la desconfianza por parte de los ciudadanos hacia la democracia y los partidos; la parálisis y la polarización de los actores políticos; la ingobernabilidad y la incertidumbre; y la incapacidad para contener las inercias del pasado autoritario, que ahora se reeditan con nueva virulencia y cinismo: impunidad, abusos de autoridad, violaciones sistemáticas a la ley, asesinatos de Estado (como el de los ninos quemados en Sonora), negligencia, corrupción, escándalos, etcétera. Por eso sostengo que quizá la crisis política preocupa más a los mexicanos que el desempleo, la pobreza o la inseguridad, lo cual es más que revelador.

La crisis política es tal que la transición democrática se volvió un cliché, algo insustancial e irrelevante. Tan malos y corruptos unos como otros. El cambio de partido en el poder terminó siendo una simulación más. Los genuinos anhelos de renovación y cambio simplemente fueron desdenados por los recién llegados al poder y el entusiasmo democrático de todo un pueblo sucumbió a manos de políticos y partidos ambiciosos y mediocres.

El tiempo de la ilusión democrática, que es la mejor caracterización de la época de la alternancia, ha desaparecido por completo. Nadie se fía ni confía de la palabra democracia en boca de un profesional del poder; la apelación de los políticos a la palabra democracia resulta tan falsa como vacía de genuina política. La democracia es, simplemente, para la casta política, la inversión perversa de los ideales y procedimientos de la democracia como un sistema electoral-representativo.

México deambula sin rumbo y sin objetivos. La ilusión de la ciudadanía ha desaparecido. Sobre esa desilusión se ha instalado una casta política, un sistema de partidos políticos, que tiene bloqueada cualquier posibilidad de regenerar el sistema democrático.