La población joven de México tiene frente a sí retos inconmensurables y un panorama desventajoso en aspectos como el educativo, el laboral, el de acceso a la salud o el político. Al conmemorarse ayer el Día Mundial de la Población, que este ano la ONU decidió que se dedicara a los jóvenes, los números ofrecidos por nuestro país son francamente desalentadores.
El Consejo Nacional de Población (Conapo) dio cifras que son alarmantes: 50% de los jóvenes dejan la escuela antes de los 17 anos; 15% viven en situación de pobreza, lo que complica su integración a actividades productivas; 52.7% de los que trabajan son contratados en condiciones de informalidad, con bajos sueldos y sin prestaciones; 17% de los migrantes mexicanos a Estados Unidos son jóvenes.
Por lo que hace al tema político, la Encuesta Nacional de Juventud 2005 muestra que hay gran apatía y baja participación juvenil en la materia, pues apenas 14% de los encuestados dijeron tener interés en desarrollar algún tipo de trabajo relacionado con esta actividad. Este segmento de la población confía poco en los políticos, con lo que en su mayoría justifica su desprecio hacia partidos políticos y funcionarios de gobierno.
La correlación entre falta de expectativas juveniles y desinterés en la política no es, entonces, casual. Según el Conapo, hay 34 millones de jóvenes en el país que tienen que crecer y desarrollarse a contracorriente de una sociedad que no les da muchas esperanzas ni tiene espacio para ellos. Esto genera desánimo y un gran vacío de horizontes en una juventud llena de expectativas, que muy pronto cae en la cuenta de que no tiene mucho futuro.
Esto es inaceptable para un país como el nuestro, que aspira a ser uno de los más destacados dentro de las naciones más desarrolladas del orbe, pero que no puede dar el último estirón que le falta para ello, en vista de que carece de los recursos para incentivar a sus jóvenes y aprovechar esa enorme reserva humana e intelectual en favor del país.
Algo estamos haciendo mal, no sólo desde el punto de vista gubernamental, sino aun del de la iniciativa privada y la sociedad civil, donde no se está incorporando a los jóvenes al sector productivo nacional. La deserción escolar, por ejemplo, es un pésimo indicador, pues revela que el sistema educativo nacional está incompleto y no alcanza a cubrir la demanda, lo que condena al país a no contar con los profesionales y científicos necesarios para apuntalar su desarrollo o fortalecer su soberanía tecnológica.
El otro gran rezago nacional es el del empleo, que no se ha dado en cantidad suficiente en los últimos anos, y el poco que hay no está bien remunerado. Esto es injusto. Matar la expectativa laboral de los jóvenes es el detonador de males como la migración, las adicciones o la delincuencia, entre otros.
Es necesario establecer un plan de emergencia para atender a los jóvenes, pero no con un perfil asistencialista, sino como una cruzada nacional educativa, laboral, de salud e incluso política, con objetivos y tiempos determinados, que en el corto y mediano plazos ataque las causas más íntimas de la desatención juvenil.
Tenemos una bomba de tiempo que nos puede estallar en cualquier momento y debemos desactivarla actuando responsablemente. (El Universal)











