La publicidad generada alrededor de la figura del parachico ha transformado y desplazado el ritual sagrado que rodea a las celebraciones. Julio César Aguilar Suárez dice que serlo es una metamorfosis, un paso para dar voz a los dioses. Y lamenta que la celebración se volviera una actividad de desenfreno.
Para el investigador y fotógrafo, ser un buen parachico es “bailar muy bien, respetar la autoridad del patrón, echar vivas, saberse los cantos, contestar el nambucú y respetar el traje”.
Sin embargo, explica que en 2010 se inscribió al parachico para que fuera Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, con la intención de atraer turismo y protegerlo de la cantidad de personas que llegaban y generaban grandes cantidades de vendedores ambulantes, basura y orina.
Expresa que del Plan de Salvaguarda de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, “nunca se ha echado a andar ni uno de los puntos; es más, a partir de ese momento la celebración fue todo lo contrario”.
“Le han dado una difusión excesiva, presentándola como una fiesta donde puedes venir, divertirte y beber en exceso, sin que pase absolutamente nada, lo que ha generado que las procesiones se encuentren con la dificultad de moverse”.
Expresa que quienes en su momento hicieron que esto fuera patrimonio, como la Secretaría de Educación, el Instituto Nacional de Antropología e Historia o el Gobierno del Estado, ni siquiera tienen presencia en la actividad, “no han venido, están como observadores y desafortunadamente mal utilizan la imagen en eventos políticos poniéndolos como botargas”.
Lo que, subraya, representa una desvalorización a la imagen del parachico, pues “para los chiapacorceños simboliza nuestra identidad, es lo que nos arraiga a esta tierra, es fe y devoción, es el latido de nuestro corazón, los valores que tenemos, la herencia de nuestros antepasado y por eso nos preocupa lo que está pasando”.
La máscara
Por la preocupación por las modificaciones que están provocando los factores externos en la celebración, Julio Aguilar realizó una investigación independiente sobre el significado de la máscara; concluye en que todos los elementos permiten darle vida a un ser inmortal que se materializa al momento en que un mortal se pone el traje.
“Por ejemplo, yo, César Aguilar Suárez, soy un mortal, pero me coloco estos elementos y dejó de ser yo, pues paso a ser parte del conjunto de parachicos”.
Montera, chamarro, máscara, chinchines y en el caso del patrón, guitarra, fuete y pito, son los elementos que transforman a las personas llevándolas de lo individual a lo colectivo y sobre todo, a lo inmortal.
“Este ente ha trascendido el tiempo, porque a lo largo de los años, diferentes seres humanos han prestado el cuerpo para que este ser se haga presente en las festividades”.
La transformación
“El patrón convoca a los parachicos al espacio donde habitan los espíritus de los dioses y nuestros antepasados, lugar donde se da la transformación, donde se cambian y se ponen la máscara.
“Adentro se hacen las recomendaciones, algunas son que porten con dignidad el traje y que bailen con alegría, devoción y fe; se llama a no usar el alcohol para embriagarse, sino para lo que es, para tener más resistencia, quien no quiere no bebe”.
Agregó: “Ante San Sebastián, el patrón pide permiso para poder iniciar a bailar, ora, hace sus peticiones; es un momento de profundo silencio en el que están todos los parachicos detrás; terminado, se levanta, se da la vuelta y comienza la catarsis, el gusto por bailar, un momento que no se puede definir; ahí ya no existe el profesor, ya es el personaje, desde ese momento el parachico somos todos”.












