Durante el 35 aniversario de la erupción del volcán Chichonal, Cuarto Poder buscó el testimonio directo de personas desplazadas por esta catástrofe natural, como doña Lorenza, una mujer de 60 años de edad que revivió episodios de ese trágico día.
Sentada bajo la sombra de un árbol, vendiendo bolis, chicharrones y otras golosinas, es como doña Lorenza Arias Gómez se gana la vida día con día; es una de los miles de sobrevivientes zoques a la erupción, la cual, también arrasó son casi 30 mil hectáreas de terreno.
Recargada sobre una mesa de plástico rememoró que dos días antes de la primera erupción el volcán comenzó con dos actividades. Originaria de la extinta comunidad Carmen Tonapac, dijo que desde su hogar vio cómo de la montaña salían fuego y gases. Era 26 de marzo.
“Ese día empezó en la noche solo con un ruido y vimos llamas arder que iban hacia arriba de la montaña. Nosotros solo salimos a observar pero lo dejamos pasar, nadie decidió salir ese día. En ese entonces tenía 25 años de edad”, platicó Arias Gómez.
Al siguiente día, y como si el volcán tuviese un despertador programado, nuevamente por la noche el Chichonal hizo erupción, pero esta vez con mayor ruido, más fumarolas y hasta con activad eléctrica. Lo peor estaba por suceder.
“Doña Lore”, como la conocen algunos de sus vecinos, comentó que a pesar de los dos avisos volcánicos, los lugareños de aquel entonces decidieron no abandonar sus hogares, no le tomaron importancia, estaban esperanzados en que ya no pasaría nada más grave.
Entonces sucedió la erupción grande, era la noche del 28 de marzo cuando el volcán explotó catastróficamente.
Doña Lore recuerda que algunas casas de sus vecinos cayeron por el peso de la arena y las piedras que aventó, a pesar de que su antigua localidad se hallaba a unos 30 kilómetros de distancia del Chichonal.
Esa noche se volvió aún más oscura, fue durante los primeros minutos del 29 de marzo que se vieron obligados a emprender la huida a pie hasta la cabecera municipal de Chapultenango, lo que antes les tomaba seis horas de camino, esa ocasión les llevó el doble.
“No podíamos caminar, el camino que existía estaba lleno de arena suelta después de la explosión, teníamos que subir montones de arena y eso nos hacia retroceder. Mucha gente murió en el camino mientras huían, les caían piedras con fuego. Murieron muchas madres junto a sus bebés”, abundó.
Recordó, que en esa caminata únicamente existían cenizas, los senderos estaban irreconocibles, por momentos tenían que reposar debajo de los pocos árboles sobrevivientes, los caballos que los acompañaban poco a poco iban cayendo hacia barrancos que antes no existían.
“Llevaba a dos de mis hijos, uno apenas en brazos y otro de cuatro años. Afortunadamente nadie de mis familiares murió ahí; lograron salir a tiempo de su localidades. Pero sí perdimos nuestros cultivos, ganado, pertenencías, casa, todo, todo se quedó allí”, reiteró.
Durante su huida entre recuerda haber visto mucha gente herida, golpeada, muchas en el suelo, a quienes no podían ayudar debido a su extremo cansancio; sus ojos estaban a enrojecidos, le ardían.
Para poder sobrevivir tuvieron que beber agua de algunos riachuelos, aguas que eran extremadamente amargas. Sus cabezas contenían más ceniza que cabello.
Llegaron a la cabecera municipal de Chapultenango a diez de la mañana del 29 de marzo. El sol nunca salió.
De este sitio tuvieron que emprender otra caminata hasta Ixtacomitán, a unos 50 kilómetros de distancia. Esta vez estuvieron acompañados de otros damnificados que portaban quinqués para el oscuro camino.
En Ixtacomitán ya habían camiones, autobuses, refugios, cuerpos de emergencia y rescate; algunos rescatistas creían que en este sitio había estallado el volcán; no se imaginaban los demás kilómetros inmersos en material pétreo.
Desde ese día doña Lorenza nunca más volvió a su tierra natal. No recuerda el día exacto en que fue reubicada en Chiapa de Corzo por el gobierno de Juan Sabines Gutiérrez. Solo sabe que se convirtió en una de las fundadoras del nuevo Carmen Tonapac.
“Aquí solo nos podemos dedicar a la siembra del maíz y ya. En cambio allá teníamos ganado, sembrábamos café, maíz, plátano. Acá no tenemos ni agua, no hay ríos cerca, por eso muchos decidieron regresar a los tres años de la explosión, porque las tierras no dan para mucho”, indicó.
Desde su arribo a Chiapa de Corzo, Arias Gómez se dedicó al trabajo del campo junto a su esposo, quien ya falleció. El único apoyo que tuvieron fue hasta dos años después de la desgracia, con la donación de maquinaria para arar el suelo y nada más.
Por ello también ha tenido que vender golosinas frente a una de las escuelas de la colonia, y sobrellevarla con lo poco que da el campo, así ha sacado adelante a su familia, así es como vive actualmente una de las sobrevivientes del Chichonal.












