"Sequías más severas, inundaciones más frecuentes, huracanes de fuerza sin precedente. Parece un escenario de ciencia ficción, pero no lo es. La posibilidad es real y ha sido pronosticada por la comunidad científica internacional como inevitable. El responsable es el cambio climático. La magnitud de las consecuencias será proporcional a los grados centígrados que aumente la temperatura, fenómeno derivado del calentamiento global.
La cumbre mundial de Copenhague mostró que reducir emisiones de efecto invernadero, proteger la biodiversidad y erradicar prácticas nocivas de cultivo son parte de la solución. Sin embargo, las decisiones tomadas en ese foro no fueron consonantes con la alarma. Los líderes del mundo se mostraron incapaces de tomar las decisiones. Y sin su compromiso, poco pueden cambiar los hábitos de consumo y en las prácticas de los agricultores o en la industria.
El desafío para México es serio, porque se halla justo entre los paralelos que previsiblemente serán los más afectados. Todo indica que en este territorio el cambio en el clima -una elevación que puede ser de entre dos y cuatro grados- afectará dramáticamente a la agricultura y, desde luego, la vida de quienes dependen de ella.
El año pasado, la Secretaría de Medio Ambiente y la de Hacienda encargaron el estudio 'La economía del cambio climático', a la Facultad de Economía de la UNAM y también al Centro Mario Molina, el Instituto Nacional de Ecología y al Centro de Estudios de la Atmósfera de la UNAM. La conclusión aportada por todos estos actores, fue que para hacer sustentable al campo mexicano habría que limitar la expansión de la frontera agropecuaria; proteger los bosques; fomentar plantaciones forestales de las cuales se puedan extraer materias primas industriales; eliminar algunos subsidios al uso del agua en las actividades agrícolas; compensar temporalmente a los productores más afectados, entre otras medidas.
A partir de este diagnóstico, es que México llevó a Copenhague la propuesta del llamado ""Fondo Verde."" En ella se conmina para que los países aporten recursos importantes a las políticas de adaptación que tanto las tierras de cultivo como las poblaciones campesinas requerirán a la hora de hacer frente al futuro anunciado. Ningún país puede, por sí mismo, evitar la catástrofe anunciada. Lo mejor que México podría hacer es poner un ejemplo, en su propio suelo, de lo que se debe hacer antes de que sea sede de la próxima cumbre mundial contra el cambio climático. Algunos dicen: nuestra última oportunidad para un acuerdo internacional. Quizá sea tiempo de desaparecer Procampo, ProÁrbol y todos los demás inútiles programas para sustituirlos por una política eficaz de adaptación rural al cambio climático. (El Universal)
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