Marcelo Ebrard Casaubón dio en su primer informe como jefe de Gobierno un virtual grito de independencia para el Distrito Federal. Busca transformar la capital de la República en entidad estatal, asunto a analizar al tiempo que debe darse la bienvenida a algunas otras políticas públicas anunciadas ayer, como el seguro de desempleo, meritorio si se hace debidamente, aunque sea una medida pequena para el tamano del reto.
Incomoda a muchos sentir una ciudadanía de segunda clase para los defenos, que no tienen Constitución ni pueden sus gobernantes nombrar un equipo de trabajo enteramente propio que incluya al procurador de Justicia y al secretario de Seguridad Pública sin consultar con el Presidente de la República, cosa que no sucede en los estados.
El inconveniente, dicen otros, es que el DF es la sede de los poderes, y que desde hace más de 200 anos, cuando Filadelfia era capital de Estados Unidos, se descubrió la conveniencia de que los mandos de fuerza estuvieran en manos federales. La práctica es universal.
Este tipo de análisis de filosofía de convivencia política y de tradición histórica es deseable para una modificación de régimen que afectaría no sólo a quienes vivimos en el capital, sino a todos los mexicanos.
Ebrard expuso igualmente en su mensaje de ayer un ambicioso programa de acción social que incluye un seguro de desempleo de mil 500 pesos mensuales, durante seis meses, para ayudar a 30 mil capitalinos. Sería retroactivo a diciembre de 2006.
Es una cifra reducida pero aun así ya comienza a criticarse. En un país con las carencias del nuestro no hay que satanizar automáticamente a los programas sociales. Independientemente del tinte político algunos han funcionado exitosamente; ahí está el que ha merecido reconocimiento internacional y transexenal que ahora se llama Oportunidades, e igualmente el de la ayuda solidaria a ancianos que se inició en el DF con Andrés Manuel López Obrador y se hizo extensivo a comunidades pequenas.
En todo caso, las necesidades son muchas y es necesario establecer criterios y estructuras operativas que no permitan convertir la política social de ningún gobernante en instrumentos clientelares que se destinen a partidarios o incondicionales.
Esto es obligado recordar en el contexto del Distrito Federal, por su incomodidad con la transparencia de sus quehaceres y las indeseables medidas que ha adoptado para postergar durante 13 anos el conocimiento total de sus finanzas aduciendo que adversarios políticos podrían usar la información en su contra.
La naturaleza misma de la contienda arreciará, y si no hay datos se sacarán otras posturas como el hecho de que Ebrard se opuso al impuesto a la gasolina y a los aumentos en energía eléctrica, así como a la reforma fiscal, pero sí busca más ingresos federales.
La naturaleza de la política es la negociación en la que se da y se recibe. La lógica de las entidades debe explicarse en el contexto de que el beneficiado primero y último debe ser el ciudadano; los políticos sólo administran por un rato las fichas, pero que lo hagan bien o mal marca la naturaleza del juego. (El Universal).











