Cada ano que pasa, ante el Día Internacional del Trabajo, no falta quien afirme que en esta fecha no se tiene nada que celebrar. Pero esta idea sólo muestra una confusión notable sobre lo que siempre ha significado la jornada, y es que el Día del Trabajo, en la mayor parte de los países, nunca ha sido un día de festejo, sino un día de lucha y desde luego el de hoy no es una excepción para los asalariados mexicanos.
Por otro lado, todo indica que los tiempos han cambiado y el tipo de lucha que pueden dar con éxito los trabajadores organizados ha evolucionado de manera significativa.
A dirigentes sindicales y analistas les preocupa sobre todo el grave rezago que muestran tanto sindicatos como centrales obreras en el cumplimento de su tarea esencial, que es la de mejorar las condiciones de vida de los trabajadores.
En este aspecto, es notable comprobar que las armas obreras tradicionales, como la huelga y la negociación colectiva, consagradas como derechos laborales en la Constitución, han perdido su eficacia. La globalización y la diversificación geográfica de las plantas industriales de las grandes empresas han restado eficacia a la huelga. Ahora los consorcios internacionales, al contar con sucursales en muchos países, pueden sustituir la falta de producción de una fábrica en huelga en determinado país, y hasta amenazar con salirse por completo de esa nación si los trabajadores insisten en sus reivindicaciones.
Por ello, y por otros factores similares, el papel de las organizaciones obreras ha tenido también que evolucionar y diversificarse. Ahora los sindicatos pueden luchar por la mejora de las condiciones laborales impulsando la capacitación constante de sus agremiados y aplicando programas de incremento de la productividad, entendida ésta como la capacidad de producir más y mejor con el mismo esfuerzo laboral.
Muchos dirigentes sindicales y académicos han comprendido esto, y de manera congruente proponen que sean sus organismos laborales los que se mantengan al día en las innovaciones tecnológicas y administrativas, de modo que el sindicato se convierta en el factor más activo de la superación y modernización de su centro laboral.
Los sindicatos deben asumir con más énfasis su obligación de defender los derechos del trabajador; pero no sólo en el aspecto de lograr más prebendas y privilegios, sino en el de mantener la seguridad del puesto laboral y del futuro del trabajador y de su familia.
No deben esperar ya los trabajadores que las autoridades laborales sean las que les garanticen incrementos salariales y nuevas prestaciones sociales, algo que se hace cada vez más difícil en muchas naciones. Es evidente que estas conquistas tienen que lograrse ahora incidiendo directamente en la superación del mercado laboral y de los esquemas productivos de cada rama de la economía.
También ocurre que el movimiento laboral se ha desgastado por servir muchos decenios como un instrumento de intereses políticos por completo refractarios a la renovación y la consulta democrática.
El movimiento laboral organizado en México ha sido efectivo como factor de presión para que sus líderes obtengan ventajas políticas, pero ha resultado incapaz de recuperar una capacidad negociadora en el trato con los otros factores de la producción.
Por ello es importante que los trabajadores organizados asuman la conciencia de estos cambios y propongan nuevas estrategias que impidan el deterioro de su papel dentro de la economía. (El Universal).











