Día en el que los vivos comparten con sus muertos

La tradición ha sobrevivido al paso del tiempo, en esencia mantiene el culto a la muerte y la esperanza del retorno del ánima. Víctor Corona / CP
La tradición ha sobrevivido al paso del tiempo, en esencia mantiene el culto a la muerte y la esperanza del retorno del ánima. Víctor Corona / CP

Unos días al año la muerte toma un concepto distinto, deja de ser distancia para convertirse en un puente que reúne a las familias y permite la convivencia con los que ya no están; la festividad del Día de Muertos o Todos Santos es evidencia del cómo los mexicanos conciben la vida y el “más allá”, pero también el sincretismo entre lo católico y lo indígena.

El festejo a la muerte se remonta a épocas anteriores a la llegada de los españoles y se resiste a las intensas transformaciones del mundo; por ejemplo, los mexicas disponían de sus muertos en rituales que les encaminaban hacia el inframundo o “Mictlán”, donde debían sortear un sinfín de obstáculos antes de alcanzar el fin de sus pesares.

Sin embargo, en la creencia indígena los muertos tienen la facultad de retornar de manera transitoria para reunirse con sus familias, tomar alimento y nuevamente emprender el camino a la “ciudad de los no vivos”; del lado terrenal, esta práctica se vive con una carga emocional, filosófica y espiritual muy significativa.

A la llegada de la tradición católica, el festejo a los muertos, la puesta de ofrendas y la creencia de su retorno se mantuvo viva, sin embargo, fue entremezclada con santos, rezos y credos.

Al paso de los años, los mexicas, mixtecas, texcocanos, zapotecas, tlaxcaltecas, totonacas y demás grupos indígenas llevaron su veneración a los muertos hacia el calendario instaurado por lo católico, coincidente con la temporada de cosechas, principalmente del maíz y floraciones como la de cempasúchil.

Aunque el festejo a los muertos se transforma con los pueblos, en esencia conserva los elementos que remiten a sus raíces indígenas: alimento, bebida, fuego y flores, altares que se convierten en puertas para recibir el alma de los difuntos.

El retorno

La idea de morir resulta difícil para la mayoría, por el hecho de encontrarse ante la incertidumbre de lo que hay después del último suspiro, de desprenderse del cuerpo y con ello de la experiencia humana, dejando atrás el amor, la pasión y hasta los gustos más triviales, pero aún más el separarse de a quienes se ama, algo muy difícil.

Por lo que el retorno se convierte en consuelo, en la oportunidad de conciliar la paz con quienes se fueron. Es un proceso catártico que permite recordar y amar a los muertos.

Para la tradición católica, la festividad de Todos los Santos inicia el 1 de noviembre y termina hasta el día 2, sin embargo, en algunos lugares el festejo comienza desde el 28 de octubre, cuando se instala la ofrenda, acto que para los estudios sociales materializa la llegada de los muertos al plano de los vivos.

Se concibe que los muertos regresan entre un camino de flores de cempasúchil; según su edad, son los niños quienes retornan con mayor prisa, los “muertos chiquitos” vuelven por sus juguetes, por los dulces, y por los cariños suspendidos por la enfermedad o alguna tragedia.

Para los muertos adultos el regreso se concreta hasta el primer minuto del segundo día de noviembre, para entonces las altares están dispuestas con frutos, la comida preferida, cigarros e incluso alcohol, debido a que la idea es “apapachar” a quien partió y en su ausencia quedó aún más presente.

Mientras el recuerdo viva

Para Felipe Osvaldo Hernández, psicoterapeuta, la pandemia cambió no sólo las prácticas tradicionales como la festividad del Día de Muertos, sino también en esencia el cómo se vive el duelo, la autocensura y el dolor desde el confinamiento.

Sin embargo, aseguró que en vísperas de la fiesta tradicional, recordar a nuestros muertos y honrarlos es vital para mantener el bienestar emocional, esto en parte como un ritual que materializa el dolor, pero también lo encamina a la transformación.

El ejemplo por excelencia es la instalación de los altares, donde cada elemento que retoma su significado ancestral supone una purificación para la familia de los dolientes; en su tránsito desde el “más allá” los muertos regresan con sed, por ello es importante poner agua o cualquier otra bebida para recibirlos.

Elementos como el pan simbolizan el cráneo del difunto; con la cruz puesta encima se representan los puntos cardinales y los huesos de aquellos que ya no están entre nosotros; así también la sal que purifica el hogar y ahuyenta a los malos espíritus que persiguen al ánima.

Los tragos y el mole, o cualquier otro antojito típico tienen por objetivo deleitar al difunto, nutrirlo y hacerlo sentir parte de la familia, demostrar que sus gustos y su memoria se mantienen vivos entre los suyos. Por último, un elemento importante son las calaveras de azúcar, las cuales dan un “dulce” recuerdo de que la muerte siempre está presente.

Más allá del ritual, para el experto la pandemia expuso lo frágil de la vida humana; señaló que en este momento la muerte de los otros nos lleva a pensar en el fin de “nuestra propia existencia”.

Aparece entonces el riesgo de vivir el dolor por la pérdida de un ser querido, y la vida se percibe con mayor fugacidad; la reflexión nos llevará a pensar que no hay momento “idóneo” para morir, así también que un duelo nunca es privado, siempre tiene carácter público porque nos remite a un nosotros.