Ochocientos cincuenta millones de personas pasaron ayer el Día Mundial de la Alimentación con la vista fija en sus platos de sopa vacíos. Son los pobres, según cálculos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, para quienes todos los días son de dieta obligatoria.
La mayoría de quienes padecen hambre pertenecen al tercer mundo, pero también los hay en los países más ricos del planeta, como lo acabamos de constatar a propósito del huracán Katrina que hace mes y medio golpeó a Louisiana y Mississippi, en Estados Unidos.
No sobra decir que las causas del hambre no son siempre la falta de alimentos, sino la imposibilidad de acceder a ellos por razones políticas, sociales y económicas.
En México los gobiernos federal y estatales han instrumentado diversos programas para el combate a la pobreza, pero éstos han resultado insuficientes y, peor, son vistos por dirigentes políticos y activistas sociales como actos de caridad y de asistencia pública más que como políticas de Estado, según opinión del líder de la Confederación Nacional Campesina, CNC, Heladio Ramírez López.
Es imperativo fijar la atención en las razones de que haya hambre en el mundo, sin detenernos en las cifras de la sobrepoblación mundial. El hambre de los pobres tiene milenios de existir.
Los pueblos se distraen en pugnas por el poder, son doblegados por potencias de modos más sutiles que con el envío de sus flotas y cuerpos de invasión, aunque también empleen estos métodos, y deben aceptar que las materias primas y los alimentos que producen sean adquiridos a precios fijados convenientemente por los compradores.
Lo más lamentable es que, en cada país, paradójicamente la mayoría de los productores de alimentos se encuentran entre los más pobres, y deben ser subsidiados, mientras comprueban cómo la contaminación global de la vida moderna reduce sus márgenes de producción y cómo se extinguen cotidianamente especies.
Ya es muy claro que ningún programa de apoyo social con nuevo nombre, Oportunidades o Progresa, es suficiente para toda la gente, todo el tiempo, aunque tengan un indudable valor como paliativo.
Hoy han de aplicarse nuevas políticas hacia una solución definitiva. Por una parte, sanear la estructura productora de alimentos, para que el fruto de ese esfuerzo llegue hasta la base misma del sistema y modere la especulación del intermediario, que tiene sin duda una función de importancia, pero sobrevaluada, prácticamente sin riesgos y con un ciclo de la inversión a la ganancia de apenas unas horas, o a lo sumo días.
La otra parte es, según el ancestral y sabio consejo, ensenar al hombre a pescar, no darle el pescado. Y, lo medular, restituir el poder adquisitivo del salario, que en estos últimos cinco anos ha tenido una pérdida de 13.76%, lo que significa que un obrero sólo puede comprar la cuarta parte del contenido de la canasta básica estimada para vivir con lo mínimo. Además de todas las consideraciones sociales y humanitarias que suelen aducirse ante el estrujante problema del hambre mundial, en México incide también en la seguridad nacional, puesto que hoy el país depende en 41% del exterior para satisfacer la demanda interna de alimentos básicos en todas sus variedades, desde granos y lácteos hasta cárnicos y procesados.
La cavilación sobre las mesas vacías de los ninos, los ancianos, los indígenas y los campesinos, principalmente, debe durar más del Día Mundial de la Alimentación y debe concretarse en medidas efectivas para sucesivamente limitar, aliviar y resolver el problema. (El Universal).











