"Francisco Valdés Ugalde * El Universal. Seguridad pública, hacienda, energía, organización industrial, educación pública, creación de empleos, envejecimiento de la población, salud pública, procuración e impartición de justicia, sistema político...
La lista puede extenderse y detallarse. A medida que pasa el tiempo aumentan los temas y la presión que implican. El sistema político ha mostrado su inoperancia para resolverlos. Más precisamente, ha exhibido su incapacidad, con la estructura, los incentivos y los actores que tiene para concitar acuerdos de las fuerzas fundamentales que encaminen el país hacia su resolución. Faltan consenso y aquiescencia, sobran encono y capacidad de veto. La tentadora conclusión: la democracia no funciona como sistema político para darnos un futuro decente. La democracia no nos capacita para hacer transitable nuestra condición. No nos ayuda para crear una nueva comunidad política diferente de la jaula autoritaria y simuladora que nos contuvo en el siglo XX, no nos lleva a formar una República distinta de la previa, que se fundó en la ausencia de democracia.
Esa lista, que se antoja excesiva y a la que según la templanza de cada quien (o en su ausencia) se le pueden o no agregar temas a discreción, se topa finalmente con dos dilemas centrales: qué actitudes caracterizan a los actores principales de la política ante los temas centrales y qué mecanismos de procesamiento de las decisiones hay en el sistema político. Desde luego, las dos cosas se combinan para producir efectos, pero hay que verlas por separado y en interacción.
La actitud de los actores ante los temas revela la ausencia de un componente central para la formación de una comunidad política: disposición para escuchar las razones del otro que compiten con las propias; negociación de los asuntos en juego, lo que implica encontrar soluciones de mutua conveniencia y no perdedores netos; capacidad para imaginar soluciones que integren lo más posible y dividan lo menos que se pueda.
La polarización de las posiciones en torno a los temas fundamentales, tales como la cuestión fiscal, la energética, la organización industrial, el desarrollo educativo o el sistema político, impide establecer una plataforma común para los diferentes actores centrales y legítimos de la vida política. Se pierde así la posibilidad de encontrar salidas de mutua conveniencia para los que forman la mayor parte del funcionariado del Estado en sus niveles superiores (que son los que ""mandan""). Y se desvanece la posibilidad de que el país se reconozca en una plataforma común en torno a la cual se comparen y justifiquen las diferencias.
Esa polarización es el escenario ideal para la intromisión de intereses especiales y poderes fácticos que, al percatarse de lo anterior, medran de la ausencia de consensos fundamentales entre quienes debieran dirigir el Estado.
Esa polarización recuerda la que se dio entre conservadores y liberales en el siglo XIX, y que terminó en una dictadura encabezada por el héroe militar de los liberales, que los hermanó en una élite económica.
El sistema político no ayuda sino que, por el contrario, agudiza las dificultades para la formación de una verdadera República. Si bien se ha conseguido la aceptación del sufragio como única fuente de legitimidad del poder constituido, una vez en marcha los gobiernos no asumen que las decisiones deben ser compartidas de acuerdo con un clima de pluralismo. Los esfuerzos por romper este círculo vicioso han sido importantes pero aún no han dado frutos. Para que lo hagan se requiere de un cambio de actitud y ese cambio solamente puede derivar de la convicción de que estamos en un país que no volverá atrás y al que no hay que tratar de regresar a una condición previa, sino que hay que reinventarlo.
De ahí que la lista de los problemas nacionales esté encabezada por aquellos de los que pueden derivar soluciones a los demás: la disposición a negociar y la transformación del método de gobernar.
Al acercarse el próximo periodo de sesiones del Congreso de la Unión veremos cómo estos dos problemas crecerán al actualizarse la agenda legislativa: seguridad ciudadana, hacienda pública, sistema político, entre los temas más importantes que tendrá que atender la Legislatura.
De poco sirve insistir en los ""grandes problemas nacionales"" si no se atiende a estos dos asuntos centrales. Es tiempo de que los actores den menos importancia al peso de su ""historia"" tal y cómo la reviven. En ella se encuentra buena parte de su ineficacia para el acuerdo y la negociación. En ella se fincan imágenes del pasado de lo que fue y debiera seguir siendo el método de gobernar este país; en esas historias se ancla la dificultad para entender la vida actual y la resistencia a aceptar la liviandad del ser en la modernidad.
Antes que a problemas, México se enfrenta a dilemas de actitud y método para resolverlos.
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