"Francisco Valdés Ugalde * SUN. El acto protagonizado por Andrés Manuel López Obrador, en el que se presentó como ""presidente legítimo"" el 20 de noviembre, motiva a varias reflexiones pertinentes a unos días de la toma de protesta del presidente electo Felipe Calderón.
La acción de López Obrador ha sido calificada por muchos como una charada, una farsa, un acto de desesperación política o una impostura de proporciones mayores. No obstante, la presencia de miles de seguidores en el acto y el eco que ese desplante produjo en un sector de la población debe tomarse en serio. Nada significativo de lo que ocurre en política es banal. Banalización y simplificación se vuelven siempre contra quienes las practican.
López Obrador ha emprendido una acción que apela al México simbólico. Una banda presidencial y un juramento concebidos para asemejarse a los mismos signos que portará y pronunciará el presidente Calderón sin transgredir las leyes que hacen única la banda presidencial e inequívoca la titularidad del Ejecutivo en quien protesta cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes ante el Congreso general. No sabemos si López Obrador conseguirá por esta vía construir un movimiento amplio, pero está claro que se empenará en lograrlo.
Este curso de acción compromete a los legisladores del PRD, porque se ven obligados a situarse en la impostura de apoyar a su ex candidato y, a la vez, realizar su actividad legislativa, que implica en los hechos reconocer la legitimidad y legalidad del gobierno de Calderón. No sabemos si llevarán a la práctica su intención de impedir la toma de protesta, pero, en todo caso, la decisión que se tome al respecto pasa por esta dualidad en la que se han colocado: seguir la ruta de las instituciones o jugar al filo de la navaja, desempenando el doble papel de desconocer la institucionalidad política a discreción sin abandonar la investidura de la que son portadores.
El nuevo gobierno se enfrentará al país de carne y hueso, y se apresta a poner en marcha un programa que, de confirmarse después de la asunción del presidente Calderón, se antoja ambicioso y atinado. El gabinete económico es encabezado por un enemigo de los monopolios y el desequilibrio fiscal. De llevarse a la práctica, esta sola idea abriría un frente de combate para deshacer el principal nudo gordiano de la economía pública: una gigantesca concentración en pocas empresas y una empobrecida hacienda pública.
Los efectos de ambas deformaciones son el pobre desempeno de la economía y la escasez de recursos para producir los bienes públicos de calidad que con urgencia reclama el país. No obstante, subsiste la pregunta de si el gobierno intentará, primero, y conseguirá, después, subordinar los grandes poderes económicos al interés público al que han dado la espalda. Los antecedentes no son buenos; una y otra vez esta finalidad ha sucumbido víctima de los beneficiarios del privilegio y la concentración.
Si nos atenemos a los planteamientos de campana, en el frente político debería iniciarse la negociación de una agenda de reformas impostergables al régimen político. Éste ha mostrado ya una caduquez tan acusada como la que presenta la organización económica. De una parte presenta una hipertrofia del sistema electoral y de partidos, y del otro un grave déficit de mecanismos para la gobernanza democrática. Aquí de nuevo se presenta un obstáculo semejante al anterior: zaceptarán los partidos de la oposición que el presidente Calderón avance esta agenda? Como en el frente económico, se antoja difícil, pues hay más interesados en hacerlo fracasar que en apoyar su éxito. El PRD y el PRI, por motivos diferentes, se han inclinado sistemáticamente a la protección de sus intereses inmediatos, que no coinciden con los del país. Y otro tanto ocurre en la dirigencia del partido del presidente electo. Si las cosas fueran de otro modo, la reforma de las instituciones se hubiese producido hace ya tiempo.
El plano social no parece destinado a generar sorpresas, sino la continuidad de programas semejantes a los de la administración que termina, los que han generado interesantes resultados pero han sido insuficientes para paliar las dos lacras mayores: pobreza y desigualdad. A menos que se decida adoptar una agresiva política para mejorar y extender los alcances en educación y salud, no se producirá el indispensable ""rebase por la izquierda"".
Visto así el entorno en el que la próxima semana iniciará el gobierno de Calderón, todo indica que tendrá que atenerse, antes que nada, a sus propios medios. Pareciera que el camino más inteligente sería generar actos de gobierno significativos, aunque fuesen seminales, que rindan de inmediato frutos de credibilidad en la opinión y fuercen a la oposición a aproximarse al consenso. Desde luego, estos primeros actos tendrían que darse en la esfera de facultades del Ejecutivo para, después, colocar al Poder Legislativo ante la necesidad de avanzar en un programa convergente.
A diferencia de su antecesor, Felipe Calderón no tendrá luna de miel. Pero, en contraste con aquél, no podrá, sin grave riesgo, darse el lujo de desperdiciar el envión inicial favorecido por la expectación social. Cuenta, si acaso, con 100 días para afirmarse y, así, garantizar que podrá gobernar seriamente el resto del sexenio.
El principal deber que enfrentará el presidente Calderón será reunir en un solo destino a los dos países que amenazan con divergir y hasta enfrentarse a partir de una ilusoria convocatoria ""legítima"" y otra ""legal"". No debe olvidarse la máxima central de Maquiavelo: ""Gobernar consiste en hacer creer"". Pues bien, necesitamos creer que seguimos siendo un mismo país con un destino compartido. Éste no puede conseguirse por la exclusión sino por la convergencia de la diversidad. Vamos en el mismo barco y tendremos que convivir en él.
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+ Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM
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