Abenamar Sánchez * CP. Dicen que el más afectado es el nino Mauricio.
-?Ah, que si no!
La mujer busca entre los nietos y senala a uno flaquito, pálido, con cara de adormilado. Él es Mauricio, dice.
-Me ha dicho su madre que aquí lo podría encontrar.
-Sí, él es.
Calla la mujer. Mauricio, un pequeno de ocho anos, tampoco habla. Se limita a mostrar su enfermedad de la piel. Tiene úlcera en la barbilla.
-Lo tiene en el labio -había dicho su madre, dona Mireya.
Ahora que lo vemos, aquí en la puerta de la casa de la abuela Victoria, sobre la Segunda Norte y Cuarta Poniente, se ve que el mal apenas le toca el labio.
-Cuando no es uno, es otro.
Suena a sentencia. Es la voz de la abuela. Sopla un aire con olor a podrido. Arroyo de aguas negras corre entre sauces y basuras, a la vuelta de la esquina, en la parte baja.
Ahí, donde el barranco, cerca del drenaje que corre al aire libre, está la casa del nino Mauricio. Es una pequena construcción con la parte frontal de tabiques.
Jesús, sálvanos.
Se lee casi por encima del marco de la puerta. Jesús se lee en negritas y sálvanos es un bosquejo que el mismo tiempo de espera lo ha ido minando poco a poco.
De repente se asomó dona Mireya.
-Cuando calienta el sol, el olor se siente más fuerte.
Hablaba casi a gritos, desde el umbral de la puerta, para que se la escuchara un poco alejada, pese a que este día transcurre tranquilo en esta parte del pueblo de Berriozábal.
Al rato, llamó al pequeno Luis Roberto, su otro hijo.
-Mírenlo cómo está; es el drenaje, es el arroyo que lo tiene así.
Luis Roberto tiene hongos en el párpado izquierdo. Tiene los brazos salpicados de granos. El Centro de Salud, dice dona Mireya, ha dicho que es por el drenaje.
Cuando dona Mireya y familia se pasaron a vivir por aquí, hace diez anos, las aguas negras ya habían suplido a las aguas claras del arroyo. Y es también desde entonces que la gente cercana empezó a pedir más al Municipio buscara solución al problema.
La no respuesta -hablamos y hablamos, y nadie nos hace caso, dice dona Mireya, madre de seis hijos- se traduce a mayor fluidez de drenaje y a más basura. También a más enfermedad.
Hay momentos en que mal olor está hasta por debajo de la mesa, hasta en el último rincón de la casa. Pero qué vamos a hacer -dice la mujer con aire triste- si no tenemos a dónde ir.
-Hemos estado repite y repite la queja.
Hoy lo vuelven a repetir. A unos metros de la pequena casa de dona Mireya, a la vuelta, en la parte alta, en la mera esquina, está la de su suegra Victoria Sarmiento, quien este mediodía presenta al nino Mauricio para que muestre los hongos de la barbilla.
Dice ella que él es el que ahora está afectado más por la enfermedad de la piel. Pero la carita de los otros ninos dan la impresión de que también han soportado o padecido algunos males. A unos se les ve reseca la piel. Pero todos comparten el mismo aire.
-Ya deberían de buscarle solución al problema.
Preocupada. Así se le escucha a dona Victoria. Los ninos miran triste. En eso llega un aire con olor quemante. Hiede. Viene a la mente las palabras de dona Mireya Santos: a veces se siente más fuerte el mal olor.
Otra palabra o súplica:
Jesús, sálvanos.











