El miércoles pasado Estados Unidos sacó por primera vez petróleo del campo Perdido, ubicado en el Golfo de México, colindante con aguas territoriales de nuestro país, lo que incentivará que se extiendan los trabajos de perforación y extracción a los activos Hammerhead y Trident, que sí son compartidos por ambas naciones, y que, de ser explotados primero por los vecinos, afectará el rendimiento del lado mexicano.
En contraste, en nuestro país, la Secretaría de Energía (Sener) duerme. Espera con paciencia iniciar algún día negociaciones con Estados Unidos para acordar los términos de la explotación de campos transfronterizos. Tampoco ha logrado avanzar en el fortalecimiento de Pemex como empresa capaz de explotar dichos activos, ni conseguido las reformas que le permitirían alcanzar acuerdos con otros gobiernos y aún empresas privadas, para la explotación de la riqueza petrolera nacional.
No ha importado que nuestro principal activo productor de petróleo, Cantarell, está a la baja; tampoco que explotar Chicontepec sea casi un sueño imposible; ni siquiera la prácticamente nula posibilidad de lograr una milagrosa asociación con quienes puedan ayudarnos a explotar yacimientos en aguas profundas. Nada de esto nos ha servido para acelerar los trabajos para diseñar un plan B que nos proteja de la quiebra el día que ya no tengamos hidrocarburo que sacar de los pozos tradicionales.
Vale reconocer que la razón de nuestro atraso en la materia no sólo es producto de indefiniciones de política pública, sino también de un polarizado debate sobre la propiedad de la riqueza del subsuelo mexicano y las formas en que terceros pudieran intervenir en dicho proceso, que siempre sabotea cualquier probabilidad de avance.
Hay un acuerdo compartido casi por la mayoría de los mexicanos en que Pemex no es sujeto de privatización, pero la forma de reglamentar sus operaciones es en donde todo se detiene. Grupos de presión y partidos políticos argumentan, por un lado, que somos autosuficientes para explotar nuestros hidrocarburos; por el otro, que no tenemos ni el dinero ni la tecnología para hacerlo por nuestra cuenta, por lo que es necesario asociarse en esquemas de negocio para hacerlo rentable. Y de ahí no pasamos.
Se trata ya de un asunto de sobrevivencia nacional. Tenemos que tomar decisiones que no nos hagan perder más el tiempo, mientras nuestros vecinos y competidores asumen con pragmatismo el manejo de su riqueza petrolera. Todos debemos salir de este sueño paralizante, en especial la Sener. (El Universal)











