El derroche que en publicidad hacen los candidatos que aspiran a lograr la gubernatura del estado de México envía un mensaje muy poco constructivo y hasta desalentador a los ciudadanos de esa entidad.
Enterarse que los gastos de campana, en radio y televisión, ascienden a más de 255 millones de pesos, debe resultar indignante para el mexiquense común y corriente, sobre todo, considerando que en buena parte se trata de recursos públicos, con los que podría edificarse, por ejemplo, un instituto tecnológico completo; reparar cientos de kilómetros de carreteras vecinales, o bien dotar de agua permanentemente a cientos de localidades, como las de los grupos mazahuas, que actualmente ven cómo su dotación es usada para abastecer a la zona urbana del valle de México.
Ante estos hechos, queda claro que hoy, para los políticos es mucho más importante conquistar el poder que resolver las carencias más elementales de sus posibles gobernados.
Los reveladores datos sobre lo que erogan los candidatos mexiquenses, obtenidos gracias a un monitoreo levantado a petición de EL UNIVERSAL, muestran que los candidatos Enrique Pena Nieto, de la alianza PRI-PVEM y Rubén Mendoza Ayala, de la alianza PAN-Convergencia, han acaparado 90% de la publicidad realizada, mientras que Yeidckol Polevnsky, de la alianza PRD-PT, sólo ha incurrido en 10% del gasto registrado.
Es notable comprobar que los candidatos realizan una buena parte de su gasto en la televisión y en la radio del DF, lo que hace que la mitad del auditorio que recibe esos mensajes sean personas que no podrían votar por ellos. Los dirigentes partidarios convierten estas elecciones en un preámbulo o ensayo de los comicios federales de 2006, mismos que, a su vez, se perfilan como otro gran ejercicio de derroche multimillonario, sin ningún sentido o utilidad real para el pueblo.
Lo que en realidad preocupa es que, tal como se ha demostrado en muchas de las elecciones recientes tanto en México como en el extranjero, con una muy alta probabilidad, el candidato ganador va a ser aquel que más gaste en propaganda, y sobre todo en publicidad televisada. El monitoreo de los gastos en publicidad se convierte así en un instrumento indispensable para garantizar que los candidatos no rebasen los topes de campana, y para asegurar que los concesionarios no favorezcan a alguno de ellos. Pero también esto revela hasta dónde la política se ha alejado del debate de las ideologías y de los programas de gobierno.
Los argumentos pasan a segundo término ante la reacción sicológica condicionada de la mayor parte de los electores sometidos a un diluvio de mensajes sin contenido. Ello muestra que se requiere ya de un replanteamiento de las campanas, mismo que, para algunos politólogos, implica una limitación radical del uso de los medios electrónicos para los partidos políticos, y hacer que los aspirantes tengan un acceso equitativo a todo medio de gran alcance y penetración.
Es muy importante también que los legisladores, y las autoridades electorales, exploren posibles soluciones para reducir el costo del gasto en campanas, el cual tiende a beneficiar a un sector muy limitado de los medios que viven de la publicidad.
Para lograr acceso a los puestos de elección popular, los candidatos están dispuestos a gastar cantidades muy elevadas, tanto del erario como de donantes de muy alto relieve, lo que indica que pretenden obtener grandes beneficios para intereses también muy específicos. (El Universal)











