"Tanto en política como en futbol el árbitro es fundamental. Sin él los jugadores no acatarían las reglas ni el resultado del encuentro. Pero que el IFE quiera, además, fungir como promotor del partido resulta innecesario y riesgoso para su función de garante de la imparcialidad.
Prevé Leonardo Valdés Zurita, consejero presidente del Instituto Federal Electoral, una participación de 30 millones de votantes -40% del padrón-, cifra optimista en el rango entre 60% y 70% que calculan las encuestas en torno al abstencionismo. zY si resultan 5 millones menos? No hay necesidad de exponerse a nuevos cuestionamientos por tan inciertos augurios.
Con todo y las cifras en contra, Valdés no considera que la gente esté desencantada con la política. ""Al contrario, veo a una ciudadanía que está comprometida con la democracia del país"", dijo ayer.
Un deseo encomiable, pero alejado de los indicadores más recientes. Incluso los políticos admiten el malestar popular. No olvidemos los sondeos: es la Cámara de Diputados, a renovarse precisamente este 5 de julio, la institución más desprestigiada del país.
Dice una máxima del deporte más popular del planeta: el buen árbitro es aquel que no influye en el resultado, aun cuando los espectadores tengan que presenciar un pésimo juego y ponerse bolsas de pan en la cabeza para manifestar su vergüenza. El papel de la autoridad es en esencia garantizar que la contienda sea justa, no fungir como animadora del encuentro.
La obligación última del árbitro no es con los contendientes; es con el público. En ese sentido, si el veredicto de la gente es que los partidos no ameritan siquiera una papeleta llena, entonces la autoridad no tiene más que encargarse de que esa decisión quede plasmada el día de la contienda, aunque el resultado sea desagradable para todos. (El Universal)
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