El asedio y el hastío

"Francisco Valdés Ugalde + * SUN. Dijo el presidente Vicente Fox a propósito de la negativa de la Cámara Baja para autorizarle su último viaje de Estado: ""Si bajo el autoritarismo, el poder presidencial decidía todo, no podemos permitir que, en tiempos de democracia, el Presidente pueda verse secuestrado por la voluntad autoritaria de unos cuantos"". El Presidente afirmó que esta negativa afectaba una gira de suma importancia y que el país resulta afectado por la medida de los legisladores. Los argumentos de algunos diputados que la impulsaron apuntaban a que el país necesita que el Presidente se quede en momentos en que hay tensiones por la situación de Oaxaca y la intranquilidad sembrada por los bombazos presuntamente guerrilleros. No cabe duda, como el mismo Presidente lo deja ver en su talante, que no es buen final para un gobierno que hace pocas semanas afirmaba que entregaría un país en calma, sin crisis de ningún tipo. Pero, independientemente de la atribución de responsabilidades, la gobernabilidad del país se encuentra, al momento del traspaso del mando, con problemas que distan mucho de ser simplemente los de la ""normalidad"" democrática.

El asedio de algunas facciones políticas al Ejecutivo y el hastío presidencial característico del momento no son parte de las veleidades de unos actores que han perdido el hilo del guión o han sido abandonados por el director de la obra. Por el contrario, forman parte de la obra que representan. Como en el teatro del absurdo, las incoherencias y contradicciones que observa el espectador no provienen de un accidente: han sido planeadas por el autor de la obra. Puede parecer sorprendente que se adjudiquen al script y no a los actores de la tragicomedia las causas de esta situación. Desde luego, los actores tienen gran parte de la responsabilidad pues, a diferencia de las obras de teatro, ellos son a la vez actores, directores y escritores del drama que escenifican. Pero la exageración de la metáfora teatral es sólo la necesaria para hacer ver el problema. En esencia, éste es verdadero y no debiera sorprender a nadie. La alusión de Fox a ""la voluntad autoritaria de unos cuantos"", esos que le impidieron salir a su última gira, aunque está mal encaminada al dirigirse a voluntades individuales, no carece de sentido si la vemos como parte de la mecánica política. Es quizá en el espacio de las relaciones entre los poderes Ejecutivo y Legislativo en el que se han observado las mayores dificultades para el funcionamiento del gobierno y el avance del país. La presencia de una distribución del poder que reiteradamente desde 1997 no da a nadie una mayoría absoluta resulta del doble mensaje ciudadano: pónganse de acuerdo y no queremos el regreso a una nueva hegemonía.

Sin embargo, las reducidas miras con que los actores de la política han visto el arribo a la democracia ocluyen su capacidad para entender en profundidad el problema de fondo. La democracia ha hecho avances sustantivos en materia electoral, es decir, en formar un sistema de partidos competitivo, en dar rotunda efectividad al sufragio y en hacer de los ciudadanos la pieza clave e instituyente de los gobernantes. Empero, el déficit en la formación de una nueva gobernanza democrática no podía ser mayor. Los partidos políticos resultaron tan fortalecidos por las reformas políticas que son capaces de gobernar tras bambalinas. Los individuos elegidos para ejercer los cargos de autoridad se interesan más en su relación con el o los partidos que les pueden garantizar continuidad a sus carreras políticas que en la atención a los asuntos de gobierno que beneficien a la sociedad.

En la ciudad más poblada del mundo y corazón de la vida política nacional hay un esquema de gobierno que disminuye la capacidad de los ciudadanos: delegados que no gobiernan sus delegaciones, representantes con poder de legislar sólo a medias y una jefatura de gobierno que constituye la mayor estructura caciquil que ha habido en el país, después de la Presidencia. Mientras la Federación capta más de 80% de los recursos fiscales, los municipios carecen de las facultades necesarias para satisfacer, desde ellos mismos, sus necesidades. En los gobiernos de los estados permanecen instaladas las viejas estructuras de poder que hacen presa de sus comunidades para intereses que les son ajenos. Las relaciones entre el Ejecutivo y el Congreso no pueden ser, así, sino relaciones de estira y afloja pues, sumadas a todo lo anterior, no hay reglas para inducirlos a que tomen acuerdos en los temas fundamentales para el país. De ahí la parálisis. Desde luego, ésta no lo tine todo. Se ha avanzado en diversos renglones, pero la principal mala noticia es haber hecho caso omiso de que el sistema de gobierno prevaleciente es, en su mayor parte, herencia del autoritarismo construido ladrillo por ladrillo para gobernar de otro modo, con otros supuestos y otra lógica completamente diferentes a los de la democracia.

Ciertamente, sería una insensatez pensar que la ceguera es sólo responsabilidad del Presidente de la alternancia. No, la ceguera ha sido colectiva. Lo que sí puede afirmarse es que el Presidente comenzó su gobierno con la convicción de que era necesaria una reforma a fondo del régimen político y lo concluye habiendo dejado esa convicción en el camino, en medio de la errática conducción de su política interior y de su renuncia personal a llevarla con sus propias manos, como él mismo se comprometió y como su responsabilidad histórica lo exigía. Nadie le pidió un triunfo mágico sobre fuerzas que no hubiese podido gobernar, sólo que mantuviera el dedo en el renglón, que al menos no claudicara en la identificación y comunicación del problema. De ahí el asedio y también el hastío con que concluye su mandato.



[email protected] + Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

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