Hay un círculo vicioso en las interminables operaciones de la compra, venta y concesión de empresas, obras y negocios entre gobierno y particulares que siempre dejan la nerviosa sensación de que significan importantes traslados del dinero público a los bolsillos privados.
No importa quién comienza la secuencia. Aparece un negocio, quiebra, lo compra caro el gobierno, lo recompone y luego lo remata, a precio de ganga, a alguien que lo lleva nuevamente a la bancarrota, para que el gobierno lo rescate, y así en una historia sin fin.
El caso más sonado fue el que culminó con la creación del Fobaproa, fondo para el rescate bancario que no sólo asumió costos ajenos, sino que fue usado para anadirle saqueos nuevos, pero no ha sido el único. Hay, además de los bancos, líneas aéreas, ingenios azucareros, empresas agropecuarias, aseguradoras, de entretenimiento, inmobiliarias, y de comunicaciones y transportes.
Hoy brilla el ejemplo de la pomposa Autopista del Sol, que continúa la ruta México-Cuernavaca hasta Acapulco, más de 300 kilómetros, con el máximo aforo nacional. Nuevamente será concesionada.
Mal disenada, permanentemente en reparación, famosa por el alto número de percances que a lo largo de ella ocurren no sólo por la imprudencia de los automovilistas y con una tarifa digna de récord Guiness -en un país famoso por lo caro de los peajes- la autopista, al igual que todas las demás, también anula el tiempo que se ahorra en la circulación con las kilométricas hileras de vehículos que se amontonan en las poquísimas ventanillas de pago, sobre todo en temporadas de vacaciones y fines de semana.
Hace mucho tiempo que la tarifa brincó de un peso por kilómetro a 2 o 3 y es silenciosamente movida hacia arriba, en cantidades mínimas, sin aspavientos.
El paquete de concesiones incluye como compromiso de quien gane la licitación la construcción de tres libramientos, un tramo nuevo y la modernización de otro, que en realidad no son sino concesiones graciosamente anadidas, pues también serán bendecidas con el portazgo, no serán de paso franco, e incluyen un camino ya hecho, nada más restaurado.
El viejo anhelo de cuadricular a México con caminos está aún lejos de cumplirse. Todavía carecemos de buenas autopistas a lo largo de los litorales y de costa a costa. Ni siquiera en el Istmo de Tehuantepec hay un buen enlace entre Coatzacoalcos, Ver., y Salina Cruz, Oax., para el traslado de carga marítima sin necesidad de abrir un canal, y hay capitales estatales unidas apenas por obsoletos caminos sexagenarios.
Las obras públicas deben cesar de ser sólo buenos negocios privados. (El Universal)











