"El desafío de ""Los Zetas"""

El grupo paramilitar de los Zetas, integrado por desertores del Ejército Mexicano, cuya misión original era abatir a las bandas de narcotraficantes rivales del cártel del Golfo, se ha convertido en una pesadilla para las autoridades policiales de México y de Estados Unidos y al mismo tiempo en una seria amenaza para el orden público de ambos países al establecer alianzas con mafias estadounidenses y de Centroamérica, de suerte que constituyen ya un desafío a la seguridad internacional.

La agencia de combate a las drogas, de Estados Unidos (DEA, Drug Enforcement Agency), advirtió en un informe, desde finales de 2005, sobre la amenaza que representa esta organización de asesinos a sueldo, culpables de secuestros y ejecuciones, sobre todo en Guerrero, Michoacán, Tabasco y Tamaulipas.

La DEA y el FBI han conformado un grupo de inteligencia para dar seguimiento a las operaciones de esta organización criminal y desarticular sus bases de apoyo regional.

Ahora falta más acción y sobre todo previsión del gobierno mexicano. La Presidencia de la República acogió ayer la preocupación por la creciente espiral de violencia desatada por las mafias del narcotráfico que se disputan más territorios, y reconoció que es un problema grave que no se puede ignorar. El vocero presidencial, Rubén Aguilar, informó que al menos 60 mil narcotraficantes han sido detenidos y se ha desmantelado a 15 bandas.

Las espectaculares cifras no hacen más que ilustrar la magnitud del problema, pues a pesar de esos logros, la actividad delictiva está en visible ascenso y la guerra entre las mafias arroja más de mil muertos.

La DEA advierte que Los Zetas trabajan en coordinación con otros grupos denominados Mafia Mexicana, el Sindicato de Texas y la Mara Salvatrucha, y que reclutan ex militares guatemaltecos de élite conocidos como kaibiles que, como los mismos delincuentes mexicanos, ya adiestrados por el gobierno se ponen al servicio de la delincuencia como asesinos a sueldo.

El rasgo de insolencia de las bandas criminales, que se disputan a balazos y bazucazos territorios, mercados y botín, nos coloca en un vacío de orden y legalidad que anula cualquier pretensión de seguridad y de vida civilizada.

Los enfrentamientos ya no son esporádicos, sino permanentes y cada vez más brutales. En grandes ciudades del país la sociedad vive sobrecogida de espanto por la inseguridad que se desprende de ese estruendo de metralletas y granadas que se da en calles, restaurantes, centros comerciales y barrios residenciales.

En este capítulo nada ha mejorado; al contrario, todo está peor. Esperamos, pronto, más noticias optimistas de la guerra contra la delincuencia organizada, como que las dependencias de seguridad se organicen y también un mejor desempeno de sus tareas.

Es un paso importante que el gobierno mexicano reconozca la gravedad del asunto, pero es totalmente insuficiente. La sociedad reclama resultados y no buenas intenciones. Las capacidades criminales del narcotráfico crecen, las estrategias de las autoridades nacionales e internacionales habrán de replantearse. (El Universal)