"Así cuatro decenas de analistas, estudiosos y observadores de la marcha de la nación mexicana coinciden en percibir que un clima de desencanto se ha empezado a instalar entre los ciudadanos del país. Desencanto, desilusión y decepción significan algo muy parecido a reconocer el engano del que se ha sido víctima.
La convicción se advierte precisamente en las turbulencias del final de un sexenio que parecía promisorio, pero que quedó en cambio de gobierno en lugar de renovación de régimen.
Los mismos académicos que hace 25 y hace 15 anos examinaron el régimen de partido hegemónico y el surgimiento de ""una pujante sociedad civil"", ahora fundamentan en tres tomos y mil 200 páginas lo que ya era una sensación empírica: ""Ya tenemos elecciones limpias, pero domina una gran desconfianza en las instituciones... vivimos procesos viejos y nuevos que se están empalmando, contamos con un sistema democrático, pero a los partidos políticos no se les cree ni se les da el beneficio de la duda"".
El recuento que han hecho los analistas encierra advertencias duras que deben ser atendidas. Para un país que ya ha perdido mucho en freno económico y seguridad, y que padece los bandazos del desconcierto en el gobierno, perder la esperanza sería demasiado. A lo menos que eso nos puede conducir es a la abulia y a la desidia.
Las instituciones deben ser síntesis de las aspiraciones ciudadanas, no ajenas a las personas, pues éstas no se ven reflejadas en ellas. La agenda de los partidos políticos es diferente a la agenda de los ciudadanos, que deben ser sus representados.
El tránsito democrático no cala todavía en el ciudadano, que lo más que alcanza a entender es un acuerdo entre partidos para alternarse sucesivamente en los mandos sin entrar al fondo de los problemas para resolverlos. En lugar de ello, proliferan los enfrentamientos y las descalificaciones personales, que no están en la mesa de las inquietudes de las mayorías.
Son los principales actores políticos quienes deben dejar de verse en el espejo de las encuestas y hacia las entranas de sus partidos y grupos de seguidores para encarar las realidades que el ciudadano quiere corregir, y plantear soluciones viables, no quiméricas, con el propósito de recuperar la consideración, el respeto y la confianza que han perdido lastimosamente. La reforma del Estado está arrumbada, el crecimiento de la economía doméstica es nulo, nuestra fuerza laboral emigra, aunque el gobierno lo ve con complacencia porque ésta manda dólares. Nada de ello contribuye a elevar los ánimos.
La desconexión entre instituciones y personas tiene que resolverse con una toma de responsabilidad y con una renovada atención a lo que está verdaderamente sucediendo en el país, que sólo sirve para ilustrar los noticieros de cada día, sin que se aporten soluciones en la medida y oportunidad en que son demandadas por la sociedad.
Hay componendas, no negociaciones transparentes en las esferas políticas, y el escenario ofrecido es pobrísimo.
Las próximas elecciones nos pueden dar una sorpresa muy poco agradable si el desencanto desemboca en la abstención, por el hartazgo de la visión de una corte de los milagros incapaz de merecer el voto ciudadano.
Veamos las cosas con serenidad, pero con ánimo para resolverlas seriamente. La investigación que hoy se hará pública no debe quedar en un mero ejercicio para que los académicos luzcan sus destrezas. Han de ser datos duros para mejorar las cosas. (El Universdal).
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