"Francisco Valdés Ugalde * El universal. La dificultad para llegar a acuerdos sólidos en materia de política y política pública, es uno de los problemas más graves de las democracias que nacen después autoritarismos de larga duración. No es lo mismo tener desacuerdos en un sistema político acerca de qué decisiones deben tomarse dentro de ese sistema, que tener desacuerdos sobre el tipo de sistema político necesario para regirnos. Tampoco es lo mismo discutir y tomar decisiones acerca de qué se vale y qué no para llegar al sistema político que quisiéramos.
Las discusiones sobre la reforma política propuesta por el presidente Felipe Calderón, sobre las alianzas para contender en elecciones estatales y municipales, sobre la estrategia para combatir a la delincuencia organizada, sobre los derechos fundamentales de las personas y sobre casi cada tema de importancia para el país, revelan una dislocación profunda de la República. Acaso la convivencia penda de un hilo si no fuese porque dos enseñanzas principales de la historia contemporánea son, a pesar de todo, tolerancia y deliberación.
Pero hay que tomar el asunto en serio. Estamos sumidos en un conflicto constitucional. Ninguna de las partes en disputa está satisfecha con el juego de la política, pero ninguna halla cómo introducirse en el juego de cómo cambiar la política. Son dos juegos diferentes y, consecuentemente, dos tipos de acuerdo diferentes. Han ido y vuelto propuestas de reformas ""necesarias para el país"" desde todos los rincones. De las más trascendentes, pocas son las que han conseguido acuerdo unánime sin ser primero rasuradas hasta su mínima expresión. La reforma fiscal, la energética, la política y siga usted contando. Las que han salido del horno del Congreso llegan con tal nivel de ineficacia que, podría decirse, las Cámaras parecen más bien cámaras de depresión que de fortalecimiento y potenciación de las capacidades nacionales.
Quizá falla la perspectiva con que se miran las cosas. No estamos en una circunstancia en la que se enfrenten proyectos de gobierno entre partidos bajo condiciones de satisfacción suficiente con el sistema político. Por el contrario, el meollo de los problemas apunta a desacuerdos con la plataforma misma sobre la que hacemos política. Para ponerlo en una imagen, no estamos disputando solamente lo que jugamos en la cancha, sino también la cancha.
Por ejemplo, en los temas energético, laboral, educativo y fiscal, no se han debatido solamente los aspectos concretos de una u otra propuesta a la luz de los beneficios que podrían arrojar para el país, sino el sentido mismo de la identidad y de la propiedad ""nacional"" o los ""derechos"" gremiales. Las críticas provenientes de los grupos identificados con el nacionalismo revolucionario rechazan la inversión privada en ""las funciones que el Estado ejerza de manera exclusiva en las áreas estratégicas"". Esta frase está en la Constitución, que es parte de la cancha. Sea real o presunta la voluntad de alterar este precepto constitucional (u otros) por parte del gobierno, lo cierto es que, cuando se presentan proyectos relativos al tema, el debate se extiende a dos juegos: el de las decisiones públicas válidas en el tablero y el de las decisiones aceptables para cambiar el tablero.
Un ejemplo de la semana: el debate sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo dio lugar a intervenciones de las iglesias que rebasaron los términos aceptables del debate y cuestionaron el tablero. Don Juventino Castro, ahora legislador, tomó la iniciativa y consiguió iniciar el cambio del Artículo 40 constitucional, uno de los pocos que no habían sido alterados desde la Constitución de 1857, para introducir la palabra ""laico"" en la definición de la República que los mexicanos tenemos por arreglo político, es decir, en la cancha.
La iniciativa de reformas políticas del Ejecutivo es un punto culminante en este derrotero. Finalmente se propone, en serio, la discusión de la cancha per se. Han surgido toda clase de reacciones, desde las que discuten su contenido hasta las que sospechan que es una artimaña para darle la vuelta al sentido ""inamovible"" que suponen tiene el decurso nacional. Se ha dicho que la propuesta llega en un año inoportuno por estar cargado de elecciones locales. Disiento de ese parecer, pues esa misma circunstancia podría permitir diferenciar entre el juego de disputar en el terreno electoral y el juego de acordar cómo debe ordenarse la discusión sobre la cancha, es decir, sobre la estructura del sistema político.
Éste es el quid de la cuestión: øserá posible acordar que necesitamos cambiar la cancha (y en muchos aspectos a fondo), y que es necesario darnos un método especial para esa discusión, distinto del de la política ordinariaú [email protected] * Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM
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