La lucha por la legitimidad política en Ecuador será ardua, según se desprende de la entrevista que concedió ayer a EL UNIVERSAL el mandatario interino de ese país sudamericano, Alfredo Palacio, quien se propone refundar la democracia ecuatoriana y obtener el reconocimiento internacional a su gobierno.
Las condiciones en las que llega al poder el senor Palacio no parecen ser las idóneas para tan ambiciosa tarea, pero es lo único que puede ofrecer a los ciudadanos de ese pueblo hermano, que durante las últimas décadas se ha entrampado en una endémica crisis social y económica, con una pesada deuda externa, así como en un progresivo y ascendente descreimiento de la actividad política y sus hombres, a quienes con frecuencia se acusa de estar involucrados en actos de corrupción.
Apenas el miércoles pasado el Congreso destituyó al entonces presidente Lucio Gutiérrez, acusándolo de abandono de responsabilidades, en lo que fue un desenlace, para muchos, lógico por la falta de legitimidad con la que había arribado al poder y por el constante enrarecimiento del entorno social que, en diciembre pasado, estalló con la remoción de magistrados de la Suprema Corte de aquel país, a lo que siguieron protestas masivas que llevaron al ex presidente Gutiérrez a imponer el estado de emergencia en la nación.
El deterioro de la vida nacional ecuatoriana fue tal que el mandatario fue destituido por el Poder Legislativo la semana pasada, de tal suerte que en poco menos de siete anos Ecuador ha visto la destitución de tres mandatarios, incluido Abdalá Bucáram, quien en 1997 fue declarado mentalmente insano para gobernar.
Ecuador es un país formalmente democrático que tiene todo el andamiaje institucional para salir de esta crisis. América Latina merece naciones estables, con gobiernos democráticamente electos, capaces de sortear todos los problemas con base en acuerdos sociales sólidos, en los que sean los ciudadanos los que tomen las decisiones más importantes sobre temas que moldean su vida cotidiana y futuro.
La plaga de élites políticas, esencialmente corruptas, ha de ser erradicada de países latinoamericanos con la misma fuerza con la que en los anos 80 fueron eliminados del poder los militares golpistas; aunque de hecho, nada garantiza que se hayan ido por completo o que no pudieran, en un momento de caos, tener la gran tentación de salir de los cuarteles.
El momento de América Latina, y de Ecuador en lo particular, está en mirar hacia adelante en materia democrática, porque sólo con una sociedad estable se podrán hacer los ajustes económicos y comerciales necesarios para que el país prospere. Por ejemplo, esta crisis toma al Ecuador en medio de negociaciones con Estados Unidos para el establecimiento de un tratado de libre comercio, cuyo futuro queda trunco ante la inestabilidad política.
Como sea, lo que vive la nación hermana tiene también que ser visto con interés en el resto del continente, sobre todo por lo que hace a las consecuencias del perpetuo caos político y a la falta de legitimidad de algunos de sus gobiernos. No se puede jugar con la sociedad ni apostar al enrarecimiento de la vida política, porque tarde o temprano esos juegos suelen salirse de control.
En la medida en que los gobernantes actúen dentro de los márgenes de la democracia y puedan plantear y negociar acuerdos, aun dentro de sus diferencias, estaremos en el camino correcto y sin sobresaltos. (El Universal).











