El dilema de los partidos

Los sobresaltos suscitados esta semana dentro del Partido Revolucionario Institucional (PRI), con motivo de la elección de su candidato a la Presidencia de la República, además de obligar a la reflexión sobre lo que está pasando en el interior de ese instituto despierta una seria inquietud sobre el futuro del sistema de partidos en México.

La ausencia de reglas claras, transparentes y respetadas por muchos en el PRI devino en una crisis, con amenaza de fractura; esto, unido a enfrentamientos personales entre sus dirigentes, lo ha puesto en la disyuntiva de facilitar el éxodo de sus disidentes o de imponer, desde la cúpula, la unidad partidista, con preocupantes tintes de autoritarismo: castigo a quien no piense como el Comité Ejecutivo Nacional y homogeneidad por decreto.

Esto, que es la antítesis de lo que debería predominar en los partidos políticos, parece ser el futuro inmediato del PRI, con todo el costo político que, sin duda, tendrá entre el electorado. La ausencia de la base militante en las decisiones más trascendentes del partido es, asimismo, una omisión que podría costarle muy cara a corto plazo. El posible éxodo de la maestra Elba Esther Gordillo y muchos de sus seguidores del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación alimentaría una transferencia de militantes, y votos, a la institución a la que pudiera orientar sus nuevos intereses, o bien podría ser el estímulo a Nueva Alianza Social, que será una organización con las mismas bases ideológicas del PRI, pero que no encontró acomodo en éste. Esto podría representar una transfiguración política en México y, en consecuencia, una transfiguración del movimiento político mexicano.

Aparte, existe también una extrana movilización de políticos de un partido a otro en un evidente relativismo ideológico que está transformando a las instituciones políticas de nuestro país: es el denominado transfuguismo político.

Se multiplican los casos de personajes de la vida nacional que, de pronto, anuncian su cambio de partido, mostrando la debilidad de sus convicciones, que los hace abrazar estatutos partidistas no sólo diferentes a los que defendieran en un determinado momento, sino incluso diametralmente opuestos. Es decir, estos saltos se dan, por lo general, cuando se les acaban las condiciones dentro de sus partidos originales para acceder a puestos de dirigencia o a candidaturas, lo cual es muy frecuente, aunque también existe el caso de aquellos que viven, en sí mismos, un reacomodo ideológico o bien que ya no encuentran vínculos con su antiguo partido y acuden a otros con los que ahora se identifican. Razones hay muchas, no siempre criticables, pero lo cierto es que hoy en México el transfuguismo se asienta como parte de una vida política cotidiana, con mucha frecuencia danina para la consolidación de nuestra democracia.

Esta modalidad de la política, transfiguración o transfuguismo, preocupa y hace reflexionar, con mucho interés, respecto del futuro de nuestra democracia, pues los proyectos de nación son sustituidos por circunstancias personales o coyunturas políticas, lo que degrada el hecho político y dana la credibilidad en las instituciones. zHacia dónde nos conduce esto? La sociedad no puede creer en la sinceridad de políticos cuyo discurso es intercambiable y relativo.

El PRI ha demostrado que puede renovarse. Lo está haciendo, sobre todo en diversos estados del país en donde nuevas generaciones de priístas están llegando a ocupar posiciones de relevancia. No obstante, la preocupación de fondo es, ahora, la nueva cara que habrá de mostrar a los mexicanos, en particular a los jóvenes que llegarán por primera vez a otorgar su capital político más valioso: su voto. (El Universal)