Es de tal modo inherente al Poder Ejecutivo el Estado Mayor Presidencial, que fue creado en 1824 por el primer Presidente de México, el general Guadalupe Victoria, con el nombre de Ayudantía General. Prevaleció durante todos los cambios políticos ocurridos en la República, hasta ahora que constituye un cuerpo de élite que se encarga de la seguridad personal del jefe de la nación, pero que también lo apoya en el desarrollo de sus actividades oficiales y particulares, en materia de organización, transporte, logística y comunicaciones, lo provee de información de seguridad y opera como órgano técnico militar y como unidad administrativa de la Presidencia de la República.
Su comandante es el Presidente de México, jefe nato de las fuerzas armadas. Es decir, es una entidad insertada absolutamente en el Poder Ejecutivo y actúa bajo su total dependencia, con autonomía de todos los demás mandos castrenses.
Ha sido, por tanto, comprensible que hasta ahora su actuación se haya mantenido en una total discreción, sin protagonismos ni prepotencias. Una de sus virtudes es sentirse, más que verse, y ello es particularmente notable en la precisión y coordinación de las actividades del Presidente, y en el riguroso cuidado que se pone en la revisión de su programa de actividades, para que nada desentone ni se salga de su lugar, desde el punto de vista meramente organizativo.
Pero en una etapa de reclamos de transparencia y de exigencias de informaciones suficientes de las tareas oficiales, es naturalmente aceptable que ahora el propio Estado Mayor Presidencial haga revelaciones que antes hubiesen resultado inimaginables sobre su relevante quehacer.
Es por ello de suma trascendencia que la Presidencia de la República haya editado el libro El Estado Mayor Presidencial, impreso apenas en marzo de este ano, en el que de manera sistematizada se resume la actividad de ese cuerpo integrado por menos de 2,000 efectivos y que opera eficazmente en todas partes del mundo a donde asiste el jefe de Estado mexicano. El presupuesto para llevar a cabo estas tareas es de 800 millones de pesos anualmente.
Mucha de la información contenida en el libro fue conocida en su momento, como el accidente de helicóptero en el que perdió la vida el general Pedro Bautista, en Oaxaca, hace catorce anos, junto con otros seis miembros del EMP entre los que se contaban un oficial de la Marina y varios oficiales militares, así como dos civiles. El mérito aquí es la presentación global de una acción que, como consecuencia de su ámbito de operación, también se mide por sexenios.
La certeza de que la integridad del jefe del Ejecutivo mexicano está en manos competentes, de probada lealtad, es un ingrediente que beneficia la estabilidad política de la nación. Los riesgos de la movilización, del trabajo en las altas esferas del poder público están reducidos al mínimo cuando se dan los pasos dentro del mayor régimen de seguridad y de eficiencia que es posible.
Hoy mismo, EL UNIVERSAL da cuenta de cómo ha evolucionado el Ejército Mexicano, al grado de que los estudiosos y analistas ya consideran que la Secretaría de la Defensa Nacional pueda estar en un futuro próximo en manos de un civil, como ocurre en otros países, y cómo también es previsible que la Fuerza Aérea se constituya como un cuerpo armado separado.
No vale entrar en especulaciones sobre temas tan complejos y difíciles, pero sí es grato verificar que un cuerpo militar, el Estado Mayor Presidencial, evoluciona en silencio buscando las mayores normas de excelencia en su especialidad. (El Universal)











