El fantasma de las deudas

A nivel de finanzas nacionales o personales la forma más rápida y fácil de gastar dinero inadvertidamente es el crédito. Ahora mismo, el Banco de México y los banqueros privados se enfrascan en un debate: al primero le preocupa la morosidad de la cartera vencida en el sistema financiero mexicano; los segundos dicen tenerla bajo control.

Típico debate de economistas: algunos ven el vaso medio lleno; otros medio vacío. Se necesita que dialoguen las partes para que, sin alarmismo pero con honestidad, se informe la dimensión del riesgo actual.

No olvidemos que quienes padecen cuando se ha derramado el agua del vaso -1982 y 1994 para mencionar sólo dos fechas fatídicas- somos los ciudadanos consumidores.

Tan importante es mantener dentro de límites razonables las finanzas nacionales como las particulares.

La opacidad de lo que ocurre en las entranas del mundo financiero agravó en el pasado las crisis, al tiempo de permitió que quienes obtuvieron información privilegiada lucraran con ella. Esto nunca más debe repetirse.

El crédito no es bueno ni malo por sí mismo; depende cómo se use y cómo se regule si sirve para el desarrollo o para la debacle, nacional o personal.

Los banqueros viven de los intereses y las comisiones que cobran sobre todos los servicios que ofrecen -préstamos, disposiciones en cajeros, transferencias electrónicas, informe de saldos, expedición de cheques- y también de los intereses moratorios de tarjetas de crédito. Sus cálculos deben ser hechos para amortizar el riesgo de quienes no pagan.

Pero ese riesgo no se corresponde con los niveles de rentabilidad del negocio bancario en México. Según la Comisión Federal de Competencia, los mexicanos pagamos hasta cuatro veces más que los europeos por los mismos servicios. Ofende que un alto funcionario en un banco espanol festine el despropósito.

Igualmente que se privilegie el crédito al consumo por sus altas tasas de interés y no a la inversión productiva. Para las pymes no hay dinero; para el tarjetazo te persiguen en centros comerciales, y sin hacer su tarea de análisis de riesgo los bancos extienden el plástico.

Aunque moleste, los que prestan están en lo suyo. Es responsabilidad de quien acepta el crédito informarse de las condiciones y ejercerlo con responsabilidad.

Hay mil razones para sobregirarse, imprevistos y tentaciones, pero también una falta de educación financiera y de disciplina personal que nos conduce a un endeudamiento por arriba de nuestra capacidad de pago.

No es posible, ni siquiera deseable, alejarse del crédito, instrumento insertado firmemente en el sistema capitalista, pero sí es recomendable como país y dentro de las economías familiares usarlo con conocimiento y prudencia.

El banco central y los bancos privados tienen que conciliar sus balances y decir claramente si es o no peligrosa la cartera vencida actual y cuál es el riesgo real para el sistema financiero.

No hay que asustarse con el fantasma de la deuda, pero hay que manejarla para sacar provecho de ella, no para complicarnos la existencia. (El Universal)