El IFE que necesitamos

El Instituto Federal Electoral cumple 20 años de vida. Sin él no se entendería la transición democrática de México ni la pluralidad política. Es cierto que el IFE ha tenido momentos difíciles y errores que han minado su credibilidad, pero las virtudes que conserva, como la fiabilidad de sus métodos, hacen que valga la pena cuidar del Instituto.

En las reglas que lo rigen y en su composición orgánica, el Instituto Federal Electoral es hoy, en esencia, el que era en el año 2000, cuando sus niveles de confianza alcanzaron su cúspide tras comprobarse que el PRI ya no dominaba el arbitraje de los comicios. Las dudas comenzaron en 2003, cuando la Cámara de Diputados aprobó la integración del nuevo Consejo General del Instituto, el que se encargaría de preparar y consumar la elección presidencial del 2 de julio de 2006. El PRD fue excluido de la designación. Luego, el entonces presidente Vicente Fox y un grupo de empresarios harían abierta campaña contra Andrés Manuel López Obrador sin que el IFE pudiera frenar la ilegalidad a tiempo. Lo cerrado del resultado en aquel 2006 alimentó las suspicacias.

La reforma electoral de 2007 generó la impresión de que los consejeros ya no serían designados según sus conocimientos, sino con base en su cercanía con los partidos políticos. Desde entonces ha sido difícil para el IFE recuperar la confianza ciudadana. Tuvo que lidiar con la abierta rebeldía de los medios de comunicación electrónica que no deseaban transmitir spots políticos, así como con varios funcionarios que vieron la manera de promocionarse fuera de los tiempos permitidos.

Por fortuna, la renovación de la Cámara de Diputados en 2009 demostró que el Instituto aún cuenta con la capacidad de organizar comicios limpios y transparentes. Además, en varias de las elecciones estatales de 2010 la ciudadanía se impuso a las maquinarias electorales de gobiernos locales autoritarios, lo cual -pese a que el IFE no tuvo injerencia- reforzó el método democrático como el mejor para poner y quitar gobernantes.

¿Qué requiere el IFE para afianzar su credibilidad? Básicamente dos cosas. Por un lado, poner en cintura a tiempo y de manera enérgica a los actores políticos que osan burlar la normatividad electoral. Por otro, despejar la idea de que sus consejeros son designados a través de cuotas partidistas. En los próximos dos años, tanto el instituto como los diputados tendrán la oportunidad de hacer ambas cosas. (El Universal)