En un mundo globalizado las aduanas deben actualizar sus procedimientos para ser lo suficientemente flexibles para no entorpecer el intercambio comercial y humano entre pueblos, pero a la vez lo tecnológicamente adelantadas para detener cualquier cruce ilegal de mercancías o personas. A ese respecto, en la frontera México-Estados Unidos, las cosas no van bien.
Ayer, agentes aduanales estadounidenses desplegados en Laredo, Texas, se quejaron de los exagerados requisitos que piden las autoridades mexicanas para la importación de productos, lo que provoca que mercancías provenientes del vecino país se queden varadas cuando menos tres días, cuando en sentido contrario, de aquí para allá, la espera no supera 24 horas. Peor todavía, mientras en el vecino país los trámites se pueden hacer todo el día, del lado mexicano sólo se trabaja 17 horas.
Esto preocupa en especial en esa aduana, que concentra 45% del intercambio comercial entre los dos países.
Ciertamente, México tiene que hacer mucho para agilizar su burocrática frontera y mucho que aprender de quienes tienen al día sus mecanismos de revisión y control. Sin embargo, tampoco podemos autoflagelarnos cuando la problemática aduanal supera con mucho los simples trámites administrativos mexicanos y es compartida por ambos gobiernos.
Por ejemplo, por razones de proteccionismo comercial en Estados Unidos, los agricultores de Sinaloa, Michoacán y Guanajuato sufren para exportar sus productos.
Desde el 11 de septiembre del 2001 las quisquillosas revisiones que padecen mexicanos y estadounidenses, como resultado de la lucha antiterrorista, también causan pérdida de horas-hombre y molestias. Se sabe que, a pesar de tal reforzamiento de las medidas de seguridad, armas y droga -como dijo la semana pasada el secretario de Hacienda, Agustín Carstens- cruzan bidireccionalmente la frontera, sin que aparentemente los oficiales aduanales de aquí y de allá se enteren. A todas luces hay corrupción de ambos lados y, que sepamos, no hay agentes estadounidenses detenidos.
En suma, que las aduanas que nos separan y unen de Estados Unidos deben cumplir con los propósitos recaudatorios y de seguridad, pero sin perjuicio de la competitividad y del clima de inversión que debe mantenerse entre las dos naciones.
Los nuevos mecanismos de seguridad, como los rayos gamma, las exclusas o los certificados de usuario, ayudarán a ese propósito, pero también la corresponsabilidad de quienes están prestos a senalar las deficiencias del aparato aduanero mexicano, sin reparar en que mucho de lo que se pasa ilegalmente en la frontera se hace bajo la ineficacia o complicidad de las autoridades de aquí y de allá.
Durante anos, las aduanas fueron símbolo del máximo nivel de corrupción en la administración federal, y abiertamente se asignaban como prebendas para políticos o favorecidos del régimen.
Ahora debemos entonarlas con las necesidades del mundo moderno, pero siempre de la mano de nuestro inevitable vecino geográfico y socio comercial. Ningún esfuerzo unilateral serviría de mucho. (El Universal).











