"Durante algún tiempo pensé que la vigesimosegunda enmienda a la Constitución de Estados Unidos probablemente fuera la mejor forma de velar por que los dirigentes políticos no permanezcan en el poder más tiempo de lo conveniente y, cosa igualmente importante, dejen de ser eficaces. Dicha enmienda prohíbe a los presidentes de Estados Unidos ocupar el cargo durante más de dos mandatos de cuatro anos cada uno.
Tal vez hubiera olvidado los problemas de los predecesores del presidente George W. Bush en su segundo mandato, pero la situación actual de éste muestra que el límite constitucional plantea sus propios problemas. Entre otras cosas, convierte al Presidente en un incapacitado en algún momento de su segundo mandato.
zRecuerda alguien que, tras su reelección, Bush prometiera reformar el sistema de pensiones (la ""seguridad social"")? Ahora está claramente paralizado no sólo por la oposición demócrata, sino también -y tal vez más- por las luchas sucesorias dentro de su propio partido.
Sin embargo, la suerte del amigo de Bush, el primer ministro Tony Blair, muestra que puede haber una situación incapacitadora aun sin un límite constitucional de los mandatos: de hecho, sin constitución escrita alguna. Blair cometió el error fatal de poner su propio límite a su permanencia en el cargo al decir que no se presentaría candidato a una cuarta elección como dirigente del Partido Laborista, pero, incluso sin esa promesa, después de nueve anos en el cargo le resultaría difícil combinar un programa de reformas con una idea clara de lo que se puede lograr, dado el talante de su partido y del país.
En efecto, las reformas anunciadas por Blair parecen cada vez más promesas vacías, porque al parecer lo inevitable ha ocurrido: el primer ministro ha perdido el contacto con la opinión pública. Lo que fue su carisma es ahora la permanente representación de lo demasiado conocido.
Naturalmente, a los dirigentes siempre les resulta muy difícil renunciar al poder. Algunos lo han hecho, más o menos voluntariamente, para volver a surgir de repente del olvido.
zPuede ser el mismo presidente Óscar Arias que (por muy poca diferencia) ganó las recientes elecciones presidenciales y ahora vuelve al poder 20 anos después? zY acaso no fue el candidato de Silvio Berlusconi para la presidencia del Senado italiano, Giulio Andreotti, un miembro joven de uno de los primeros gobiernos de Italia después de 1945? zTenía que reaparecer Cavaco Silva de Portugal, el afortunado primer ministro del decenio de 1990, como Presidente en 2006?
zQuién puede olvidar las lágrimas de Margaret Thatcher cuando sus ""amigos"" le dijeron que se había acabado su tiempo?
Cuando el primer ministro Harold Wilson dimitió de repente en 1976 y abandonó el número 10 de Downing Street, donde lo sucedió James Callagham, la gente sintió sospechas: zse habría visto obligado a hacerlo por una conspiración de servicios secretos en relación con Sudáfrica?
Parece que no hay forma de que los dirigentes políticos abandonen la escena con elegancia. Aun cuando haya una ""transición ordenada"" -expresión muy usada en este momento en relación con Tony Blair y Gordon Brown-, va acompanada de pena o al menos de dolor.
Parece que los cargos políticos son más adictivos que la heroína. Abandonar el hábito entrana no sólo la inconveniencia de perder gratificaciones y cierto estilo de vida, sino también la pérdida del poder.
El poder puede ser cada vez más ilusorio en un mundo globalizado, pero se trata de una ilusión compartida por muchos y cuanto más tiempo viven con ella, más se compone su círculo de otros que comparten esa creencia.
La adicción al cargo político siempre es preocupante porque, cuando los dirigentes dejan de reconocer los límites de su poder, las democracias se vuelven autocracias. Al comienzo se produce la desconexión, a la que sigue la creencia de que son los únicos que saben lo que conviene y lo que no.
Cuando Tony Blair dice que la libertad más importante es la seguridad contra los ataques terroristas, ha olvidado los primeros principios de su partido y su país. Quedarse más tiempo de lo conveniente puede ser la enfermedad profesional de los dirigentes políticos, pero, ante todo, es incompatible con la democracia como marco para hacer cambios sin violencia.
Así, pues, lo que hemos de preguntarnos es si hay alguna forma de velar por que los dirigentes políticos abandonen a tiempo. Mientras que la Constitución de Estados Unidos muestra los límites de las salvaguardias institucionales, el papel de los partidos políticos es claramente importante a la hora de limitar los periodos de mandato.
Como Thatcher, Blair oye decir ahora en su partido que debe marcharse y responde que ""el pueblo"" sigue queriendo que se quede. Sin embargo, puede que el partido tenga una opinión más acertada sobre lo que es viable no sólo en la actualidad, sino también en el futuro: en las próximas elecciones, por ejemplo.
Al final, no hay un método infalible para garantizar que los dirigentes políticos se marchen sin derramar lágrimas.
Lo que importa es que haya mecanismos establecidos que los hagan marcharse, probablemente bastante tarde y, desde luego, algo doloridos y desdichados, pero a tiempo para que la constitución de la libertad permanezca intacta.
Fue comisario europeo de Alemania. Es miembro de la Cámara de los Lores británica. (El Universal)
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