No se puede negar que en el mundo moderno la relación obrero-patronal adquiere formas nuevas, consistentes con las habilidades de los trabajos que ahora se necesitan. Sin embargo, la consecuente flexibilización de los empleos suele irse al otro extremo, al de la desprotección absoluta de los trabajadores, como es claro en el caso de la terciarización en los contratos, más conocida por el anglicismo outsourcing.
El mecanismo es usado por las empresas para subcontratar servicios y abatir costos de operación. Pero una cosa es que las companías identifiquen qué parte de sus procesos pueden ser llevados a cabo por otra empresa de manera más eficiente y económica, y otra muy distinta que se use para despojar de todo derecho laboral a sus empleados.
Rotar al personal con precarios contratos de tres o seis meses, prácticamente sin prestaciones, inhibe cualquier responsabilidad de las companías, alejándolas de los antiguos contratos colectivos de trabajo que senalaban derechos y obligaciones de empleado y empleador.
Tampoco se pretende que ellos fueran panacea. Viejos y pesados, hechos para otro momento del país, simulaban proteger a los trabajadores, aunque servían más bien para enriquecer líderes sindicales.
Sin embargo, la cruda aplicación, a destajo, de una política laboral sin compromisos no ayudará al país a ser más competitivo en el plano mundial, sino a empobrecer a la población, precarizar el trabajo, acendrar la concentración del ingreso, acumular un ejército de desempleados episódicos y, por lo mismo, a incubar crecientes tensiones sociales.
México está compitiendo por los flujos de capital mundial y puede atraer empleos sin tener que recurrir a la desprotección de sus trabajadores. Ahí está como ejemplo el anuncio hecho ayer por la companía chocolatera Hershey de que trasladará sus operaciones de Pennsylvania a Monterrey, sí para abaratar costos, pero también por la calidad de la mano de obra nacional.
Necesitamos transparentar las relaciones laborales en el país. Debemos entrar sin temor a discutir los términos de una nueva cultura del trabajo, que haga eficientes a nuestras empresas en la nueva economía mundial, y que tome en cuenta, incluso, los nuevos paradigmas de los trabajadores: los jóvenes que no quieren casarse con una sola empresa para toda la vida y desean conservar su independencia; las mujeres y hombres que prefieren tareas flexibles para atender a los hijos, entre otros; pero que, en ninguno de los dos casos, desean la incertidumbre de vivir al día.
Los nuevos empleados deben adaptarse, a su vez, a las habilidades que el mundo moderno exige: a la capacitación constante; a la revisión concienzuda de lo bien o mal que hacen su trabajo; o a lo feliz o infeliz que son con él y actuar en consecuencia.
Modernicémonos todos, empresas y ciudadanos, sin esperar los excesos del viejo proteccionismo laboral, que no regresará, pero sin incurrir en un outsourcing de simuladores.
La prosperidad nacional no llegará despojando de prestaciones y dignidad a quien tiene como único bien para vender su fuerza de trabajo. (El Universal).











